A diario nos topamos con informes externos, nos enteramos de cosas que tal vez no queríamos saber, nos comunican una tragedia o alguna alegría. La relatividad está presente aquí, ya que lo que para algunos lo que le comunican es una dicha, para otros es la mayor catástrofe de su vida.
Sin embargo, hay aspectos del ser humano en los que la relatividad -considerando el ejemplo anterior- no entra. Me refiero a cuando hablamos a la humanidad en general y no como personas individuales. Aquello que nos define como la especie que somos, las características en común, los hábitos propios de nuestro existir, el lugar donde habitamos; son aspectos de nuestra especie que no podemos permitirnos el modificar ni moldear a nuestro gusto y capricho, pues eso significaría aparte de arrogancia, el acabar con la adaptación que la evolución nos ha ofrecido a lo largo de millones de años.
El lugar donde habitamos es uno y único: el planeta Tierra. Caemos en la ambigüedad de no creer en la eternidad porque no conocemos nada eterno, pues todo lo que observamos a lo largo de nuestra vida notamos que tiene ese ciclo clásico que desde pequeños nos enseñan: naces, creces, te reproduces y mueres. Sin embargo, cuando no nos conviene creer que algo tan importante y que nosotros no podemos moderar –como este planeta- pueda llegar a acabarse, terminar su ciclo, morir, tendemos a elegir la opción de que éste sí es eterno.
Hemos visto cambios muy a menudo y últimamente. Fenómenos naturales extremadamente agresivos que nuestras generaciones anteriores tuvieron la oportunidad de presenciar si acaso, en raras ocasiones. En la actualidad, el escuchar de un nuevo huracán, un tornado o un posible tsunami es el pan de cada día, lo que los noticieros tratan de vender cada vez que encendemos la televisión y nos sentamos a comer.
Pero hay un enorme pero: algo sucede con nosotros, algo malo, quiero decir. Los seres vivos tenemos la facultad de responder ante el peligro y la amenaza de manera instintiva. Los animales lo hacen cuando sospechan que serán atacados, nosotros mismos quitamos el dedo cuando sentimos que algo nos está quemando, pero parece que en lo que se requiere un gran impulso de respuesta nos quedamos paralizados, o tal vez nos da flojera, o tal vez sólo estamos acostumbrados a responder cuando la muerte, el sufrimiento y el dolor están justo frente a nuestras narices.
Pero hay algo peor que morir repentina y bruscamente: morir lenta y dolorosamente. Incluso puede ser aún peor el ver morir de esta misma manera a las personas que amamos, a nuestros semejantes, pensando que mañana nos puede suceder a nosotros.
Y sin embargo, cuando seguramente se lean estas líneas serán ignoradas, como a diario solemos ignorar lo que aquellos que tratan de avisarnos que un problema ecológico real está afectando al mundo: el calentamiento global.
Este problema representa el agente causal de la muerte que no queremos experimentar: la que se sufre y no se olvida. Poco a poco mataremos a las especies animales y vegetales, a nosotros mismos, sólo por ser el castigo que merecemos por cometer el máximo crimen ecológico de todos: asesinar a nuestro planeta.
La Tierra no es eterna, debemos aprender eso, pero cuando uno aprende algo se comprende también, y cuando se comprende se lleva a la práctica lo aprendido. Es un ciclo vicioso pero muy bonito y beneficioso, como una retroalimentación positiva. Y si nosotros no estamos haciendo nada por ayudar aunque sea un poco a nuestro hábitat natural significa que somos unos completos ignorantes en lo que concierne a su materia.
La ignorancia es la madre de todos los males. Cuando algo no lo sabemos actuamos como creemos es lo correcto sin reparar si estamos perjudicando a terceros. Pero la ignorancia se resuelve muy fácilmente: aprendiendo, conociendo, experimentando, practicando, haciendo. Todo lo que implique la adquisición de nuevos conocimientos, pero además, el aplicarlos.
Pero existe algo peor que la ignorancia, aunque no lo creamos: la indiferencia. Cuando sabemos que algo sucede, que algo va mal, que hay algún problema y se necesita de nuestra ayuda, pero aún así no cooperamos en la resolución del mismo, nos convertimos en lo más bajo y ruin de la condición humana. Ser indiferente a algo que podemos evitar, que podemos mejorar es una muestra de incapacidad básica de amar.
Y hablando del calentamiento global, y como cada día y cada noche nos bombardean con información, no podemos llamarnos ignorantes del tema, sino indiferentes, lo que se traduce en vileza. ¿Acaso cuántos de nosotros hemos aprendido la cultura de depositar la basura en su lugar, de consumir la menor energía posible, de caminar en vez de usar el automóvil si es posible, de apagar la luz eléctrica si no la ocupas, de al menos sentarte a hablar de esto con tus conocidos, concientizarlos y fomentar un proyecto de mejora del ambiente? ¿Acaso nos dormiremos en nuestros laureles, para que cuando despertemos nos encontremos con sólo el recuerdo de lo que nuestro bello planeta fue?
Dirás tal vez que para cuando eso suceda tú ya estarás muerto, que no tendrás porque sufrir esas catástrofes y tragedias, pero, ¿y tus hijos? ¿dónde vivirán? ¿acaso no te importa el mundo que les dejarás como herencia? Si no te importa, lástima por ti, que ellos en un futuro seguramente se preguntarán qué clase de padre haría una cosa tan cruel.
No tengamos miedo a rebelarnos. Hemos hecho guerras de independencia, las mujeres ya podemos votar, el acceso a la información está al alcance de unas cuantas tecleadas, la tecnología cada día avanza para generar más instrumentos médicos que te curen cuando padezcas una terrible enfermedad. Todos ellos están haciendo algo por ti.
El mundo está haciendo algo por ti.
Pero, ¿tú estás haciendo algo por él?
Ojalá el día de nuestra muerte sigamos sin creer en la eternidad, así tal vez podríamos comprender lo que nuestro planeta está agonizando hoy.
Justo como agonizarás tú.

