
Hace unos días te encontré caminando por la calle. No quise llegar a saludarte, me resulta muy incómodo acercarme a las personas y preguntarles qué tal les va, probablemente tengan que mentir o confesarme que su panorama no es muy colorido.
Te vi de lejos, ibas caminando rápidamente como siempre, como si llevaras prisa; cargando una bolsita en la que seguramente llevabas tus sueños; con tus audífonos entonando canciones que muy probablemente no conozco y con una cara lúgubre y perdida, con tus ortejos pisándole los talones al adoquín del centro y unos inentrañables pensamientos dentro de ti.
Tu cicatriz en el rostro lucía bonita, pero no era destacable. Siempre me ha gustado. Me das la impresión de que con ella te sientes más fuerte y que te encantaría presumirla, expresando que es el resultado de tus batallas con la vida a cualquiera que se tomara la molestia de preguntártelo.
No mostrabas felicidad en tu expresión, pero tampoco tristeza. Me imaginaba que ibas pensando como siempre, en las incógnitas de tu vida, en sus posibles resultados, en tus fracasos y victorias. Que, estás entre la espada y la pared, que quieres y no quieres, que sueñas pero temes volverlos realidad, que ríes llorando.
Eres una persona extraña.
Cualquiera te diría "vive la vida que sólo hay una", "diviértete", "se responsable y dedicado". Pero todas esas expresiones se contradicen, haz de pensar. Tienes derecho a perderte sombríamente en los árboles a los que te vi adentrarte. No sé si planeabas irte a fumar o a leer algún libro. No puedo olvidar que siempre cargas con uno.
Me daban ganas de acercarme en ese momento, poner cara de sorprendida y hacer cómo que no te había visto, chocar nuestros cuerpos, sonreirte y preguntarte que tal te lleva la vida, de contarte que por fin leí
Demian de Hesse, pues tú sabes que es uno de los autores que más me gustan; quería explicarte que he encontrado a alguien agradable que me acompaña en mis locuras más bizarras, quería limpiar tus lágrimas invisibles con un beso en tu mirada. No me atreví, preferí satisfacer mi frustración con una actitud voyeurista, observándote al andar, al sumirte en tu música; perdiéndome en tus ojos, esos ojos que me resultan tan extrañamente familiares.
Me acerqué un poco más, te veía muy cerca, pero tú estabas tan concentrado en tus quehaceres, que no te percataste que había alguien observándote directamente a la cara. Entonces vi que comenzaste a escribir. Pero no escribías como te había visto que antes lo hacías: te costaba, te detenías, seguías y volvías a detenerte; arracanbas las hojas y las hacías trizas, cuando comenzabas algo y tenías rato con ello, de repente lo rayoneabas hasta dejarlo inservible y mojado de tinta.
Te habías enamorado.
Te conozco tan bien que puedo aventurarme a afirmarlo. Pero me sorprende, tú nunca has sabido tratar a nadie, mucho menos sentir algo
más. Siempre has tenido muchos amigos pero el amor no formaba parte de tu vocabulario. Estabas confundido, tus montones de hojas a un lado me lo demostraron. Y no confundido por tus sentimientos, sino por tus acciones: No sabes comportarte.
¿Era hora de acercarme, ofrecerte mis palabras de consuelo, darte consejos y abrazarte diciéndote que todo saldrá bien, recibiendo tus lágrimas en mi hombro?
No logré engañarte: Ya te habías dado cuenta de que yo estaba ahí, aún mucho antes de que yo decidiera espiarte.
Hasta ese momento me di cuenta de que era yo la víctima, la que había caído en la trampa: eras tú quien me observaba, me seguía.
Me espiabas...
"La voz interior me dice que siga combatiendo contra el mundo entero, aunque me encuentre solo. Me dice que no tema a este mundo sino que avance llevando en mí nada más que el temor a Dios" -
Mahatma Gandhi