16 de febrero de 2008

La Primera Vez...


Todos los días juntos, uniendo nuestras manos, sonriendo a las estrellas, agradeciendo a la vida por cruzarnos.

Todos los días sentados chocando nuestros cuerpos, rozando caricias suaves en la piel, besando nuestros húmedos labios, abrazando a la noche y olvidando el ayer.

Y todos esos días tuvieron un final, no un final, una conclusión, no una conclusión, una culminación.

Ir y venir, cantar y gozar, conversar y sonreír, ser feliz y nada más. Tomamos nuestras manos y anduvimos, caminos para aquí y para allá, nos regodeamos como pavorreales en un jardín privilegiado y nos carcajeábamos de nuestra propia felicidad.

Nuestra meta era distinta, pero todo se desvió. Seguimos caminando, cuando se detuvo en seco, me giró para sí y me abrazó. Frente a una fuente sin agua, sucia y contaminada, pero con un cielo oscuro, limpio y sutil como la mismísima luna.

Nuestra decisión fue otra, el seguir así. El no dejar de hacer eso. Continuamos caminando, viendo árboles por doquier, yo embobándome con las luces, como a diario lo suelo hacer. Él comprendía que yo las amaba, y él las amaba también, ¿cómo no podía evitar sentirme feliz por aquél ser que me ha puesto la noche para descubrirme a mí, a mi vida, a mi ser?

Anduvimos sin más ni más, continuamos tomados de la mano, sentía el candor de su piel contra la mía, tan fría y cálida a la vez. De vez en vez se acercaba a mí y rozaba un poco con sus labios mi mejilla, despidiendo su aroma, para que yo pudiese apreciarlo, yo sólo cerraba los ojos y me limitaba a saborearlo, no podía hacer más, no quería.

Me abrazó de nuevo, me dijo unas cuantas cosas, cosas tan sublimes que no podría describir aquí, o que más bien, no quiero describir. Caminamos por esa vereda de siempre, dejamos que la luna se asomara por el entrevés de las hojas, que sus rayos nos tocaran, nos amaran, nos besasen. Yo lo arrastré, le dije: '¡Seamos felices!', entonces me aventé en la grama y lo jalé hacia a mí. Él temía, yo no. Sólo lo abracé y le dije que se olvidara de todo, que cerrara los ojos y viera a las estrellas de arriba, a la luna de abajo y a nuestros cuerpos flotando. Ahí estábamos, como dos locos, como dos enamorados.

Hablamos y hablamos. Yo le acariciaba el cabello, él me susurraba anhelos. Yo le decía algunas frases, él sólo sonreía, me miraba y amaba. Le compartimos a la luna unos cuantos secretos, y nos preguntamos que dirían los árboles al vernos, sólo pudimos dar suposiciones como respuestas, pues vimos que éstos jugaban con el viento, pero mientras tanto nosotros, nosotros nos fundíamos con un beso eterno.

Un beso al final, un beso muy cierto, un beso tranquilo, un beso sincero. Y así comprendimos que para hacer el amor no es necesario un contacto externo, sino que es suficiente e incluso sobra, un abrazo del alma, en el que despojas tus ropas, tus ropas marcadas, marcadas de heridas, de sufrimientos y penas, pero que le muestras a esa otra persona tus más cálidos sentimientos, tus más puros deseos. No necesitas llegar a un orgasmo, si el orgasmo ha comenzado con el simple mirar, con el simple rozar de unas manos. Hacer el amor es pues, no simplemente compartir una cama, es el compartir un lecho con un alma sincera, con un ser que te ama. Es mirar a las estrellas, acostada en la grama, dejarte besar y abrazar a la luna, gozar de una mirada, arañarle la espalda a la amargura, sonreír a la nada, amar con locura.

Una culminación eterna, un despido al ayer, una renuncia a la soledad, simplemente... Nuestra Primera Vez...




"Para hacernos amar no debemos preguntar a quien nos ama ¿eres feliz? Sino decirle siempre ¡Qué feliz soy!" - Jacinto Benavente



Listening to: "Muchachita" - Miguel Gallardo




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