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9 de enero de 2011

Niña de ensueño, niña torpe que le tiene miedo a todo. Un grillo la mordería, una hormiga la acorralaría, un cielo se le caería encima. Las piedras no servían de nada. Las llaves de la puerta se atoraban. La cámara fotográfica que le regaló su abuelita guardaría toda evidencia. Los pajaritos llorarían.

Ella no podía soportarlo más, se aventuró a lo desconocido del parque, a descubrir porqué ese claro no florecía, y lo único que encontró fue a otro niño llorando, regando con sus lágrimas el pasto, en espera de que algún día, en ese lugar sin monzón, naciera y creciera una solitaria y pequeñita flor...
Como dos esclavos se amaron sin dejar de sonreír cada vez que sea veían correr en las laderas de los parques que frecuentaban mientras arrojaban migajas de pan a las aves que se alimentaban de sus alegrías que observan como se besaban tímidamente después de una ligera sonrisa. Se tomaron de la mano, se abalanzaban al ocaso, se torcían de felicidad sustancial. Las matemáticas la geografía y la política no importaban, sólo importaba lo que ellos vivían. Las escenas que su amor construía...

28 de mayo de 2010

Homenaje


-Ya no te quiero.

Su voz calló con el sonido del viento. Algo se había roto adentro en mil pedazos. Quién sabe, su corazón.



Ese, sería el suceso que marcaría el principio y el fin. El final de un capítulo de su vida y el comienzo de una novela entera. Muy tardíamente se daría cuenta que la vida continuaba y que no era necesario gastarla en nostalgias y recuerdos.

Pero le costó tanto. El voltear a la cama y ver el lado izquierdo de la sábana carente de arrugas. Su ausencia brillaba en toda la cocina, ya no olía a flores la mesa, el baño continuaba seco y la ropa no estaba tirada bajo la cama. Lo extrañaba. Extrañaba acariciarle la espalda mientras dormía, dibujando una línea por toda su columna vertebral, que le causaba extraños escalofríos que no le despertaban. Extrañaba verlo reír de la nada, como quien se acuerda de algo por su maldita conciencia. Extrañaba sus brazos largos, que la rodeaban con cálidos encuentros. Su lunar extraño, sus caderas rectas, sus dedos desfigurados.

Las noches se eternecen sin su presencia. Los amaneceres no llegan. El día se apaga, la luna se duerme, todo está a oscuras. Gime de sollozos. Es inútil olvidarlo, porque es imposible no recordarlo. Ya hacía de eso mucho tiempo, pero no ha llegado nunca nadie que logre reemplazarlo. Y es que sus llegadas eran lo más emocionante del mundo. Dormir acurrucada la tranquilizaba. Nadie puede ofrecerle ya el confort de una tarde nublada en una hamaca. Los lagos son tristes ya, no hay canoas en pareja. A cada cosa que le puso su nombre tuvo que rebautizarla. ¡Cómo no recordar ese nombre! Tan común y corriente que puedes leerlo en cualquier parte. Tan originalmente suyo que cada letra contiene una parte de su mente.

Y es que ahora se ha ido. Y tal vez jamás volverá. Lo ha perdido. No le queda más que llorar. Hacía mucho de eso, pero es que es inútil intentar olvidar, ¡porque es imposible no poderlo recordar!


"A todo mundo le agrada un buen perdedor, sobre todo si está en el equipo contrario" - Milton Segal

7 de marzo de 2010

¿Decía usted?


Hace algún tiempo mantuve [la] conversación [más] hipócrita [de mi vida].

El charlatán en cuestión, anteriormente me había mostrado un papelito arrugado y roto con una insignia dibujada por él junto al nombre de una chica, diciendo que lo había hecho con todo el corazón (ahí pude deducir que estaba enamorado, mas no sabía si era correspondido).

Después me enseñó la otra mitad de dicho papelito, en el cual se mostraba un garabato peormente dibujado, desde burdo hasta bizarro, pero con letras muy pequeñititas se podía ver un "te quiero" más el nombre de ese mismo charlatán (eso me hizo pensar que sí era correspondido).


Y resulta que anoche lo vi, acicalándose muy tierna pero muy elegantemente también, con otra mujer.


(Es cuando me doy cuenta de que ni las cursilerías algún día valdrán la pena y que éstas siempre terminarán yéndose al traste).



"Cuando odiamos a alguien, odiamos en su imagen algo que está dentro de nosotros"- Hermann Hesse

30 de diciembre de 2009

Irreversible


Suena mi celular en medio de la sala, no es tan audible como para molestar al resto del público pero me limito a contestar en voz baja. Solicitan mi presencia y me es menester salir del lugar.

Justo cuando voy a levantarme del asiento, siento que un hombre toma mi mano, sujetándola con delicadeza.

-Yo te acompaño.
-Gracias -contesté con una sonrisa sincera.

Nos dirigimos a su auto. Parecía que salíamos de un evento elegante, pues yo portaba un vestido magenta hasta las rodillas y me cubría cruelmente con un enorme abrigo a causa del frío; mis zapatillas eran bajas, cómodas, pero sin dejar de ser adecuadas para la ocasión. Él, en cambio, vestía un traje negro, zapatos bien lustrados y un saco largo que le daba un toque de porte y elegancia. Pese a ser un hombre que parecía doblarme la edad, no dejaba de ser sumamente atractivo.

Me abrió la portezuela del coche y me introduje en él. Mientras manejaba charlábamos de irrelevancias, mostrándome unos dientes magníficos. Olía a una fragancia fuerte y viril, que hipnotizaría a cualquier mujer en cualquier situación. De repente me despertó de mis fantasías, preguntándome:

-¿Me acompañarías a comprar algo? Soy muy malo con las compras y de verdad que necesito unos zapatos.
-Claro, con gusto.

De pronto nos vimos en una tienda, él probándose distintos modelos y yo negando o afirmando con la cabeza, según era el caso. Cuando habíamos terminado las compras, me tomó de la mano para dirigirme al auto. Yo instintivamente me solté, pero haciéndole ver que jugaba. Me sonrió con mesura y después de abrirme la puerta de nuevo, subió al coche.

Ahora no me preguntó a dónde me dirigía, ni me dio indicios de la nueva dirección, por lo que creí que regresaríamos al evento en el que nos encontrábamos. En su rostro se veía un tranquila facie, pero misteriosa. ¿Quién era ese hombre? ¡Ni siquiera le conocía! Me gustaba, sin embargo, había algo que me dejaba intranquila.

Noté que nos adentrábamos a un campo abierto por un carretera de tierra. A lo lejos se divisaba una casa de madera, bastante grande y con una bonita fachada. Estaba pintada de colores claros, tenía un pórtico y en la parte trasera se figuraban unos solitarios columpios. Se detuvo frente a ella y me invitó a bajar cuando me abrió la puerta con la máxima caballerosidad que un hombre puede expresarle a una mujer. Me bajé del auto más por instinto que por gusto, pues ya he dicho que había algo de extraño en la situación. Me invitó a pasearme por el campo, no hablaba y sólo sonreía al verme. He de confesar que se veía muy bien, y sentí deseos de que me tomara de la mano de nuevo, como lo había hecho, pero tenía miedo, pues ese hombre me inspiraba más intriga que confianza. Yo le devolvía sus gestos con sonrisas de cortesía, preguntándome internamente dónde demonios estábamos y qué hacíamos ahí. Me dirigió ahora al patio trasero, invitándome a sentarme en uno de los columpios, siempre con esa intrigosa sonrisa. Acepté y comenzamos a charlar.

De pronto se escucharon ruidos en el interior de la casa y yo me sobresalté. Él, sin dejar de sonreir me tomó de la mano, la que yo otra vez retiré con un jugueteo y con una sonrisa incitadora. Él se agachó sonriendo en señal de comprender mi juego y me adentró al recinto. Estábamos en un vestíbulo bien decorado, con flores, una elegante escalera y un corredor que llevaba a los siguientes cuartos de la casa. Era como me gustan, bien iluminada y de colores claros. De imprevisto aparecieron dos niñas de unos 11 y 8 años, respectivamente. Ambas me veían con una sonrisa pero con una enigmática mirada. Al igual como lo hacía aquel hombre.

Entonces sentí mi móvil vibrar y reconocí una llamada entrante de un viejo amigo, que me informaba que estaba ya en el evento que yo había abandonado. Usé este pretexto para solicitar que me llevara de regreso a donde estábamos, pues quería saludar a mi amigo, así como continuar disfrutando de lo que ahí se estuviera presentando, cosas que eran ciertas, pero en realidad lo hacía más por la urgencia de salir de ese extraño lugar.

-Claro, volvamos al coche.

El camino de regreso no lo recuerdo con exactitud, pero al final, él volvió a tomar mi mano y acercó su rostro a escasos milímetros del mío. Yo estaba tan asustada, que rápidamente lo evadí con una sonrisa, de nuevo juguetona, que daba pauta a que él lo malinterpretara de que yo estaba haciéndome la difícil.

Al llegar de nuevo a la sala en la que me encontraba al principio, reconocí a mi viejo amigo y lo saludé con el cariño más fraternal que podía ahondar en mi ser, pues era como mi hermano, ese que nunca tuve. Me senté a su lado, evadiendo por completo al misterioso hombre que hacía unos momentos había acompañado a quién sabe qué lugar y de reojo noté en su rostro una ligera expresión de celos, casi impercepible, pero firme.

Habiendo terminado el espectáculo mi amigo se ofreció a llevarnos a nuestras respectivas direcciones, a lo que yo acepté y extrañamente, el hombre misterioso también. Mi amigo me tomó de la mano, y a él no se la arrebaté, en cambio, me dejé manejar por sus movimientos, y me abrió la puerta trasera del coche para que 'fuera a lado de mi compañero', me dijo. Me avisó que también llevaría a alguien más en el asiento del copiloto y que pasaríamos a su domicilio primero, a lo que yo accedí. No llevaba ninguna prisa.

Entonces volvió a suceder algo extraño. Mientras mi amigo nos contaba de su vida de casado y como padre, veía yo que él también nos dirigía por ese camino de tierra que conduce a la misma casa a la que el extraño hombre me había llevado antes. De pronto sentí una mano sobre la mía y volteé rápidamente, regresando de mis recuerdos, para verlo a él, con una sonrisa cálida pero misteriosa, con una mirada amorosa pero enigmática. Se acercó a mí, acarició mi rostro e intentó rozar sus labios con los míos. Impulsivamente yo me aparté, volteé a la ventana y no había pasado un segundo cuando me encontré besándole apasionadamente.

Llegamos a esa casa extraña, pero ya no me quise bajar del auto. Tenía miedo. Ahí se bajó el hombre al que debíamos llevar primero a su domicilio, ese que iba en el asiento del copiloto. Luego mi amigo nos preguntó que a dónde íbamos, a lo que el hombre que estaba a mi lado (aún cogiéndome de la mano) le contestó:

-A ningún lugar.

Mi amigo pareció entender el mensaje y nos llevó por carreteras desconocidas, solitarias y con un aire tétrico. Mientras, el hombre al que había besado estaba tan tranquilo y ecuánime, y con su sonrisa de siempre. Su inmaculado traje no parecía haberse arrugado ni un poco y su saco lo hacía seguir viéndose tan elegante como lo había conocido.

Cuando nos bajamos del auto, mi amigo se despidió de mí, como si fuera una despedida eterna, para siempre, como si nunca fuéramos a volvernos a ver. Me dijo que me quería y que cuidaría de mí siempre que lo necesitara, pero que ahora tenía a mi lado a un hombre que realmente me amaba.

Yo no comprendí sus palabras, pero lo abracé con lágrimas en los ojos y lo despedí con la mano cuando él se alejaba en su auto.

Y para culminar, ese misterioso y enigmático hombre que me doblaba la edad y al que yo había besado, se acercaba para susurrarme algo con una voz que me dejó helada:

-Te amo.

Me petrifiqué, vi mis manos y en ellas se encontraba su saco, el que yo doblaba cuidadosamente cubriendo las partes claras para sólo dejar entrever las oscuras, escondiendo la sangre que en éste había. De pronto levanté la vista y con un sonrisa como la de él le contesté:

-Yo también.

Y después me embargó una emoción extraña, desconocida por mí pero apasionante. Sentí la necesidad de vivir por él, de ser suya, de convertirme en una como él.


De Morir por Él.



"El que busca la verdad, corre el riesgo de encontrarla" - Manuel Vicent

18 de mayo de 2009

Voyeurismo embustero


Hace unos días te encontré caminando por la calle. No quise llegar a saludarte, me resulta muy incómodo acercarme a las personas y preguntarles qué tal les va, probablemente tengan que mentir o confesarme que su panorama no es muy colorido.

Te vi de lejos, ibas caminando rápidamente como siempre, como si llevaras prisa; cargando una bolsita en la que seguramente llevabas tus sueños; con tus audífonos entonando canciones que muy probablemente no conozco y con una cara lúgubre y perdida, con tus ortejos pisándole los talones al adoquín del centro y unos inentrañables pensamientos dentro de ti.

Tu cicatriz en el rostro lucía bonita, pero no era destacable. Siempre me ha gustado. Me das la impresión de que con ella te sientes más fuerte y que te encantaría presumirla, expresando que es el resultado de tus batallas con la vida a cualquiera que se tomara la molestia de preguntártelo.

No mostrabas felicidad en tu expresión, pero tampoco tristeza. Me imaginaba que ibas pensando como siempre, en las incógnitas de tu vida, en sus posibles resultados, en tus fracasos y victorias. Que, estás entre la espada y la pared, que quieres y no quieres, que sueñas pero temes volverlos realidad, que ríes llorando.

Eres una persona extraña.

Cualquiera te diría "vive la vida que sólo hay una", "diviértete", "se responsable y dedicado". Pero todas esas expresiones se contradicen, haz de pensar. Tienes derecho a perderte sombríamente en los árboles a los que te vi adentrarte. No sé si planeabas irte a fumar o a leer algún libro. No puedo olvidar que siempre cargas con uno.

Me daban ganas de acercarme en ese momento, poner cara de sorprendida y hacer cómo que no te había visto, chocar nuestros cuerpos, sonreirte y preguntarte que tal te lleva la vida, de contarte que por fin leí Demian de Hesse, pues tú sabes que es uno de los autores que más me gustan; quería explicarte que he encontrado a alguien agradable que me acompaña en mis locuras más bizarras, quería limpiar tus lágrimas invisibles con un beso en tu mirada. No me atreví, preferí satisfacer mi frustración con una actitud voyeurista, observándote al andar, al sumirte en tu música; perdiéndome en tus ojos, esos ojos que me resultan tan extrañamente familiares.

Me acerqué un poco más, te veía muy cerca, pero tú estabas tan concentrado en tus quehaceres, que no te percataste que había alguien observándote directamente a la cara. Entonces vi que comenzaste a escribir. Pero no escribías como te había visto que antes lo hacías: te costaba, te detenías, seguías y volvías a detenerte; arracanbas las hojas y las hacías trizas, cuando comenzabas algo y tenías rato con ello, de repente lo rayoneabas hasta dejarlo inservible y mojado de tinta.

Te habías enamorado.

Te conozco tan bien que puedo aventurarme a afirmarlo. Pero me sorprende, tú nunca has sabido tratar a nadie, mucho menos sentir algo más. Siempre has tenido muchos amigos pero el amor no formaba parte de tu vocabulario. Estabas confundido, tus montones de hojas a un lado me lo demostraron. Y no confundido por tus sentimientos, sino por tus acciones: No sabes comportarte.


¿Era hora de acercarme, ofrecerte mis palabras de consuelo, darte consejos y abrazarte diciéndote que todo saldrá bien, recibiendo tus lágrimas en mi hombro?


No logré engañarte: Ya te habías dado cuenta de que yo estaba ahí, aún mucho antes de que yo decidiera espiarte.

Hasta ese momento me di cuenta de que era yo la víctima, la que había caído en la trampa: eras tú quien me observaba, me seguía.



Me espiabas...



"La voz interior me dice que siga combatiendo contra el mundo entero, aunque me encuentre solo. Me dice que no tema a este mundo sino que avance llevando en mí nada más que el temor a Dios" - Mahatma Gandhi

16 de marzo de 2009

Tu Iluso Fantasma


He comenzado a patear piedras en el camino, simplemente para jugar pero también para olvidar. Me imagino que cada una es un rostro conocido, una mentira dicha, un engaño injuriado, una pesadilla aterradora.

Mis manos se esconden muy bien en los bolsillos, juguetean con algo de pelusa, y si acaso, con tus recuerdos.

Intento no quedarme dormida, el ambiente es sigiloso, frágil, capaz de ser roto con el puño de un jadeo. Volteo al cielo, es de cristal, cristal oscuro. Tiene pequeños orificios por donde se cuela la luz que seguramente hay fuera de la burbuja en la que habito, llamada mundo. Alguien sopla vigorosamente a través de los agujeros que se ciernen sobre la cúpula que noche con noche cambia llorando de color.

Mis zapatos están feos y raídos, cubiertos de costras de mugres que forman una alegoría de mis diversiones pasadas. En medio de ellos cuelga un resto de lienzo que en realidad, está rodeando a mis tobillos.

Pateo piedras con los tobillos amarrados.

Yo te he visto correr, jugar, patear pelotas, reír a carcajadas, con tus pies libres, tus manos al aire y tu cabello ondeándose a causa del viento. ¿No me has visto tú a mí sentada enfrente de tu casa, esperando verte salir para que, si acaso, te animes a voltear a verme y puedas desamarrar el nudo de mis huesos?

Yo muy quedita me quedo, atrás del arbolito que está frente a tu banqueta, ese que usaste alguna vez para colgar un calcetín cuando perdiste una apuesta. Así, medio escondida, medio atrevida detrás, te espero a la misma hora de la tarde en que terminas tu tarea y le gritas a tu mamá que saldrás a dar la vuelta o a jugar en el parque. Un 'no llegues tarde' recibes como respuesta, no sin antes de ese beso caluroso y hogareño que recibes en la mejilla; la que después limpias al salir de casa por el labial que tu madre te deja embarrado.

Y te sigo. Soy tu sombra de día y en la oscuridad, cuando te quedas hasta tarde contando cuentos de terror que jamás has vivido. Me divierte tu ingenuidad y tu ansia de experimentar todo eso que cínicamente inventas, pregonando que has sido tú quien mató un cocodrilo con un tenedor.

Pero, ¿en serio nunca me has visto tras de ti? ¿nunca te ha alcanzado el aroma de mi cabello? ¿no has visto las huellas de mis zapatos destartalados? ¿no te has preguntado quien es esa niña que te sonríe sin sonreir? ¿no te da curiosidad por saber quién es esa que a diario te sigue, te observa, te espía, te sueña?

¡Dime por favor que me has visto!


¡Dime por favor que existo!


¡Dime por favor que me enseñarás como patear un balón, como saltar la cuerda, como inventar historias terroríficas y cómo se siente ser embarrado todos los días con el labial carmesí del amor!



Dime,
¿cuándo me invitarás a jugar contigo?





"Cuando el ojo no está bloqueado, el resultado es la vista. Cuando el oído no está bloqueado, el resultado es poder escuchar. Y cuando la mente no está bloqueada, el resultado es la verdad" - Anónimo

23 de febrero de 2009

Crónica de una extraña mañana


Desperté extrañamente feliz. La sonrisa se dibujaba graciosamente en una cara árida de muecas bajas y tristezas. Se ovacionaba el día. Dejé que los minutos pasaran lenta y ligeramente. No deseaba levantarme de la cama. Era tan algodonosamente disfrutable que quedarse espinada a ella sonaba una excelente idea.

Por mi mente pasó el fugaz momento del pasado. Cerré los ojos y mi boca se torció en un gesto ascendente. Ningún sentimiento más claro podía ser superado por el de ayer. Podía asegurar con rotunda firmeza que un sí se asomaba a mi puerta, y no estaba alucinando. Tonos pueriles inundaban mis sueños. Trataba de imaginarme recostada en medio de la nada, flotando de quijada en quijada. Saboreando el suelo de tierras prometidas.

La fiesta de mi cama decidí terminarla. Me la estaba pasando bien pero sabía que arriba y abajo podía pasarla mejor. ¿Posición favorita? La que él decidiera, estaba a su merced, y él, lo sabía muy bien. Acaso creo pensar que se pavonea de la situación en la que me llega a colocar. Presumido.

Me muevo tan despacio como si tortugas me condujeran al clóset de mis prendas. Comienzo a desnudarme quitándome el pantalón flojo y arrugado que uso para simular que duermo. La blusa entallada que deja transver mis senos porque detesto usar sostén cuando intento descansar es testigo de que éstos tienen frío. Aviento los uniformes del día a la cama, inmediatamente busco ropa interior limpia pues me había bañado la noche anterior y los poros abiertos de mi piel me aseguraban que tenían demasiado frío como para usar la ducha esa mañana.

La blusa blanca es despojada con la flojera presente. Camino por todo la habitación buscando zapatos. Luego recuerdo que no me gustan, que los odio, ¿porqué no me dejan usar tenis en el trabajo? Inmediatamente me percato de que estoy semidesnuda, y eso me gusta. Mi cuarto es cálido y no permite que ráfagas de aire se cuelen por agujeros traviesos que insinúen levantar mis faldas.

Me aventé a la cama con los brazos extendidos y con unas ligeras bragas vaporosas cubriendo lo que queda de mi cuerpo. Miré fijamente al techo y observé el gris panorama: parecía de lluvia, un monzón que bien combinaría con una playera sin brassier. Al momento deseché tal idea. Me gustaban más las nubes grises/negras sin agua de por medio, pues no quería dormir más. La lluvia me tiene ese efecto.

Planeé mi día, ahí, en la cama. Me voy, regreso, vuelvo a irme, me voy a otro lugar, regreso, me pierdo y vuelvo a perderme. Lo de siempre, pero raramente hoy es como nunca, hoy estoy extrañamente feliz. Lo había olvidado. Me levanto de un salto y me quito la última prenda para quedar por completo desnuda.

Entonces selecciono mi ropa interior del lunes -la más blanca e infantil, pues la negra de encaje se reserva para el fin de semana- y me visto parcialmente. Me topé con que mi maleta de trabajo estaba hecha una aversión y me dispuse a acomodar los papeles más importantes del día. Ya he dicho que quería dejar que los minutos transcurrieran a su gana. Se estaba haciendo tarde y ni siquiera había desayunado.

Terminé esto y aquello y me vestí por completo. No me peiné, como siempre, aunque eso le restara puntos a mi tiempo. Me maquillé ligeramente para disimular las ojeras de mi vida, tomé valiosos objetos personales como el celular, llaves, reloj y a mi duende del pulgar.

Nos sentamos juntos a desayunar, él papita con cereal, yo un vaso de leche tibia con pan de nata. Disfruté el desayuno como hacía mucho no lo disfrutaba. Llegaron por mí.

- Vete yendo, aún no estoy lista- dije.
- Pero... te espero.
- No. Todavía tengo que hacer esto y esto y esto y aquello.
- Bien.

Gracias a dDios se fue y pude continuar con mi elocuente pereza. Le sonreí a mi duende con un bigote de leche y fui a cepillarme los dientes. Cepillé cada muela, cada premolar, cada colmillo cada incisivo como los comerciales de las pastas dentales me habían eseñado. Círculos, círculos, más círculos, arriba-abajo, arriba-abajo. Encías, encías sangrantes. Lengua, mmm rica lengua.

Me despedí del duende con un beso en la frente. Le dije que se portara bien, que si quería follar en casa que lo hiciera pero que no me diera cuenta. Eso estaba prohibidísimo.

Es que así me gusta hacerlo a mí.

Salí de casa arrastrando los pies. Cruzaba las calles arrastrando los pies. Tomé el colectivo y saqué el dinero y comencé a contar las monedas de diez y veinte centavos hasta juntar la cantidad indicada. No llevaba prisa, son 20 minutos de trayecto, seguro el chofer psicótico y drogado no se enojará.

Finalmente logré juntarlos y se los entregué. Bajo del transporte urbano más caro de la ciudad y camino directamente a mis labores diarias y diurnas. Me topo con gente que no deseo ver ni con quienes deseo platicar. Huyo, huyo despavoridamente, casi corro, casi caigo, ¡casi tropiezo! Pero salgo ilesa afortunadamente.

Me esmero por llegar lo menos sudada posible y lo más tristemente presentable para evitarme el 'buenos días' y que ni ganas les den de saludarme.


Pero no pude evitarlo. Hoy me desperté, levanté, vestí, desayuné, cepillé mis dientes, caminé, tomé el colectivo, pagué, corrí, casi caigo y llegué extrañamente feliz.


Y eso, es infinitamente mejor que ser feliz a secas.
Mi sonrisa lo demostró.



¿Tendré sexo esta noche?
Espero que el duende no se haya acabado los condones.





"No hay nada peor que ser una persona activa sin ninguna actividad" - Elizabeth Layton



2 de febrero de 2009

Días multicolor


Era un día gris.

Me asomé por la ventana para disfrutar de la brisa matutina que se desprendía de los algodones de azúcar que había por nubes en el cielo. Eran grises también. Por mi mente pasó la idea de una lluvia próxima, por lo que sonreí ligeramente: me gusta el olor a ozono, el olor a tierra mojada, el olor de mis plantitas regadas por el agua natural condensada, el olor a vida.

No sabía si iba a llover, pero no me martiricé por eso. Seguí con la cabeza de fuera por la ventana del segundo piso. Afuera se veían las calles medianamente pobladas de multitud. Era muy temprano en la mañana, todos se preparaban para sus respectivos quehaceres laborales del día. Algunos ya salían en sus autos rumbo a sus destinos, niños caminaban de la mano de sus madres para ir a comprar los víveres al mercado. Perros sin dueño se paseaban correteando pajaritos que se paraban alegremente en el filo de la banqueta, burlando a los carros que pasaban de vez en cuando.

Era un día tranquilo, pero gris. Había mucho viento, como para volar un papalote. Pero carecía de uno, lástima. No quería meter la cabeza de vuelta a la habitación, porque olería la vainilla que emanó de la vela que usé la noche anterior para leer ese libro que no consigo terminar, tomándome una taza de café y fumándome un cigarrillo. Quería permanecer con la cabeza apoyada en mi mano, y ésta a su vez, apoyada en el alféizar de mi querida ventana.

Escuchaba canciones españolas de fondo. La señora de enfrente había puesto música para amenizar sus actividades mañaneras. Sonreí nuevamente. Todo era tan calmo, ecuánime y sensato. Me percaté de que estaba bien, aunque no sé porqué sentí que faltaba algo. Jugueteé con el polvo del bordecito de la pared de mi habitación. Mi histeria se comportó y preferí voltear a mi cuarto para percibir los restos del aroma que usé anoche para recordarte.

Mis sábanas blancas estaban destendidas y regadas por la cama. Mis zapatos escondidos bajo ésta, y mis ropas aventadas en un rincón. Era un día gris, más sin embargo, era cálido. O será que me gusta el frío. Recorrí la habitación en busca de algo con que entretenerme. Nada. Encontré cartas en la mesita de noche. Ya las había releído hace unas horas, me hacían no olvidarte. Busqué de nuevo y me topé con una respisa llena de programas de conciertos a los que habíamos asistido. Recordé la música calmada y suave de antaño pese al sonar españolete del otro lado de la calle.

Ahora estaba yo lejos de ti. En otro lugar. Encontrándome con la nostalgia de la lluvia que se acerca, con un día gris encima y viendo tu rostro en todos lados. Era justo y necesario. ¿Qué hacer?

Mucho tiempo no ha pasado, pero sé que eventualmente no podré detenerlo y tendré que resignarme a la distancia que nos separa.

Tú una vida, yo la mía. Cómo deseaba verte entonces. Cómo deseaba volver a vivir lo que una vez fue, y a lo que yo tonta, pero necesariamente renuncié.


Y no sé cómo fue que pareciera que estabas leyéndome el pensamiento en esos momentos, que me asusté y di un saltito al escuchar golpes sordos tocar la puerta. Tuve que buscar un vestido feo y viejo porque no tenía ropa limpia, de todos modos, imaginé que sería un vendedor ofertándome nueces de temporada o esos abrelatas que tanto odio.

Y eras tú.
Tú y tu sonrisa retorcida.
Tú y una maleta.

¿Venías a visitarme? ¿Venías a quedarte?

Eso no importaba. Eras tú.


El resto es historia. Hoy te escribo esta carta sólo porque quise hacerlo. Redactándote de una manera insípida y tediosa, la manera en que viví aquel día, en el que me reencontré contigo, en el que me di cuenta que eventualmente te dejaré ir, pero no hoy, no nunca.


Ya no es un día gris.

Azul se convirtió.




"Lo que hace que los amantes no se aburran nunca de estar juntos es que se pasan el tiempo hablando siempre de sí mismos" - Francois de la Rochefoucauld

6 de octubre de 2008

Puntillos flotantes


-¡Ya no quiero esperar!- gritó la nube.
-Pues no esperes, idiota- contestaron suavemente las estrellas.
-¡Ya no me hablen así!- replicó la nube.
-Pues ya no nos escuches y vete- dijeron por lo bajo las estrellas.
-¡Me voy a ir!- amenazó la nube.
-Mucho ruido y pocas nueces- dijeron las estrellas sarcásticamente.
-¡No las soporto!- aulló la nube y se fue.
-Ya era hora. ¿De qué otra forma podemos hablarle para informarle que lo único que queremos es que se largue? Más claro ni el agua.


Así la tríada de estrellas que están por encima de mi ombligo se sintieron libres y felices. Eran moradas y esperaban animadamente la llegada de la noche, y con ella, la de la historia.

Fueron creadas por vampiros humanos. Estaba en su naturaleza ser crueles al hablar pero sensuales al actuar.


Y estaban ansiosas.





Lo acepto. Me gusta. Me gustas.







"Los adultos son muy extraños" - Antoine de Saint-Exupèry





Listening to: "Rape me" - Nirvana

16 de septiembre de 2008

Knoc-knoc


Y ahí estaba, perdida en un sueño, tratando de tomar la mano de barro que cada vez se alejaba más y más.

Todo parecía despejarse, las nubes corrían unas tras otras como pequeñas ovejas que huyen del perro labrador. Volteó al cielo y se conmovió por la dulzura del ambiente. Se sentía sola, abandonada.

Los chelos y el piano de fondo hacían más dramática la situación. Los perros pasaban y la observaban. Se figuraba que le decían "estúpida, ¿porqué lloras si vives y tienes que comer?". Se dijo que tal vez los animales, por mucho que sientan, distan mucho de comprender el amor. Y sabía bien que ella era un animal.

Siguió andando y vio pequeños cristales que salían esparcidos de una fuente y que cortaban a niños que jugaban con ellos. Intentó imaginar su niñez pero no pudo. Eso la entristeció.

El abrigo que cargaba le pesaba, quería despojarse de todo, de sus ropas, de su alma. No la necesitaba. De hecho, nunca la necesitó. Se preguntó que para qué servía un alma. El alma es vida. Nada más.

-Entonces sí sirve de mucho, tonta-, le contestó una voz interior.
-¡Cállate! No te necesito ahora, ¡vete!-, le respondió ella.

La voz pareció comprender y no insistió. El viento empezó a ondear lo que ya para ese entonces, era una larga cabellera. Era incómoda, pero no le desagradaba. Era extraño, pues no le gustaba el cabello largo.

Observaba al mundo. Todo le parecía tan ridículo, tan mundano, que le hizo sentirse maravillada de su imperfecta perfección. Se imaginó que era el experimento de algún ente superior, como de alguien que quiso hacer algo sin la menor idea de qué hacer.

Inmediatamente desechó tal idea. -¿Porqué?-, se preguntó. ¿Porqué?, de nuevo. Esos porqués estaban dirigidos hacia casi todo y todos. Pero sabía que esos casi todo y todos le volverían la espalda sólo por la pereza de responder.

Traición.

Se sintió con ganas de estar acompañada. Deseó oler aromas a guardado, a libro viejo, a experiencia, a desconocido. Quería continuar, pero ya no sola. Y no sabía porqué.

El silencio comenzó a hablarle en ese momento. Le dijo susurros reveladores al oído. Se quedó pasmada, muda. Sus ojos se desorbitaron y trató de comprender el soliloquio de rutinas danzantes frente a ella.

El sol se iba poniendo, dejando paso a la interminable luna... y a la noche. Le encantaba la noche. Siempre decía que estaba hecha para enamorar. Y cómo tenía ganas de caer enamorada esa noche.

Tenía ganas de olvidarse de la soledad. De enamorarse de verdad. De ser correspondida y de no sufrir por una cruenta ilusión.

Tenía ganas de quitarse el abrigo y de caminar a oscuras, tomada de la mano, y con un choque frío y electrizante recorriéndole el cuerpo. Quería rozar el cabello lacio de algún ser humano, quería penetrar una mirada que la llevara a conocer nuevos lugares, nuevas historias, nuevas verdades.

Deseaba caminar al compás de los pasos de pana. Ver un pecho delgado y fino; aspirar el creciente manifiesto del placer. Quería coger una mano, para colocarla en su propia mejilla, cerrar los ojos y sonreir. Aprovechar la quietud del crepúsculo para olvidarse del pudor y ser feliz. Quería ser ella, ser una, ser lo que era. Un ser humano más.

Pero sólo quería, tenía ganas, deseaba. Sólo quedaba en eso. No había nadie ahí, a su lado, salvo las estrellas, árboles, la fuente y su abrigo. Ni las huellas de los niños y el perro que alguna vez hubieron allí.

Volteó de nuevo al cielo. Lluvia. A veces no podía evitar ser tan dramática, pero eso era lo que siempre le hacía decir la verdad. Le gustaba lo poético, aunque ella no tuviese ni una pizca de ello.

Cerró los ojos. Quiso soñar, soñar dentro de un sueño, pero no podía; quiso reir, pero no podía; quiso vivir, pero no pudo. Alguien tocaba a su puerta, alguien la llamaba y esta vez no era su yo interno. Era alguien más.

No quiso abrir los ojos, no quería volver de nuevo a la falsa realidad, donde, estaba segura que se encontraría de nuevo, con un escenario oscuro, vacío y solitario, perfecto para albergar su ya desaparecida alma.

Seguían llamando. Temía abrir los ojos.

Pero lo hizo, se atrevió.

Y sí, tal y como lo había previsto, no fue más que una burla de su propio subconsciente, que estaba riéndose de ella, de sus deseos de olvidarse por un momento de los momentos, por una vida de la vida.

Eso la derrumbó. Hasta ella misma se burlaba de sí. Era el acabose. Comenzó a derramar lágrimas silenciosas. Comenzó a hacer muecas que mostraban su dolor, su necedad, su felicidad, sus intensas ganas de vivir, pero no así.

La lluvía arreció. Y ese goteo sin terminar fue lo que la despertó. Volvió a cerrar los ojos y seguían llamando. Y estaba segura, no era su voz interna.



Entonces alguien había llegado. Alguien tocó. Alguien la escuchó. Pero el problema es, ¿quién?





"Cuando era joven leía casi siempre para aprender; hoy, en ocasiones leo para olvidar" - Giovanni Papini



Listening to: "Tocata y Fuga" - Johann Sebastian Bach




25 de agosto de 2008

Ego


Trataba de escuchar los sonidos del silencio. La noche era tan oscura y penetrante que no dejaba que ni una estrella se colara por la rendija de la habitación.

Sólo lograba captar los diminutos suspiros del viento, el monótono tic-tac del reloj, el vaivén de su respiración, el rasgar del papel con su bolígrafo.

Se recargó en la silla seminueva que tenía para sujetar un cuerpo cansado de una vida. Vestía normal, casual y de negro. Su cabello estaba recogido en una cola alta y sus ojos estaban cerrados tratando de pensar qué es lo que necesitaba hacer en ese momento.

Eran casi la 1 de la madrugada. El cuarto estaba a oscuras y sólo una tenue lámpara alumbraba su objetivo. Un taza de café bastaba para mantenerla despierta hasta muy tarde -o muy temprano-, pero tenía ganas de algo más. Encendió un cigarro.

Saboreó lo que le daban. Subió los pies encima del escritorio y se reclinó aún más en la silla seminueva, miraba a su alrededor y todo estaba vacío, como siempre lo estaba para aquella hora de la noche. No había televisión -la distraía-, no había teléfono -lo odiaba-, no había gente -no la necesitaba-.

Se quedó observando la luz que emanaba del aparato. Se quedó ensimismada. Siempre había amado las luces tenues, sutiles, bajas; como esas que se divisan desde una cima al contemplar una ciudad en la noche.

Se sentía tranquila, ecuánime, neutral. No estaba triste, alegre o enfadada. Ya había hecho todo lo que tenía qué hacer y sólo le quedaba disfrutar. No quería dormir, pues la cafeína había hecho bien su trabajo. No quería hacer nada, simplemente estar allí, fumando, sentada, oliendo el café y observando el papel en blanco.

No quiso pensar en nada, se olvidó de sus placeres, de sus dolencias, de sus anhelos y de sus carencias. Quiso estar sola esa madrugada, estar sin la compañía de nadie, esperar a que se haga el mañana para ahora sí, tener que levantarse; esperar a que todo transcurra, a que todo pase. Vivir como siempre había querido, pero sin tener que lamentarse. Errar, pero aprender de los errores. Sufrir, pero olvidarlo después en un bar bebiendo alguna copa en soledad, o acompañada. Se dijo que tal vez mañana esté muy lejos de esa habitación, lejos del aroma de ese café, de ese cigarro que estaba apunto de ser apagado, de esa silla seminueva reclinable y de ese sentir tan pacífico que experimentaba.

No llevaba prisa, no necesitaba nada. Estaba agusto, estaba bien. No pensó en nada más, porque no había nada en qué pensar.


Se levantó, apagó la tenue luz de la lámpara que alumbraba su escritorio, cerró la puerta de la habitación y volvió al mundo real, al exterior.



Había ganado, lo sabía. Su sonrisa la delataba.





"Nada debe turbar la ecuanimidad del ánimo; hasta nuestra pasión, hasta nuestros arrebatos deben ser medidos y ponderados" - Francisco Ayala





Listening to: "Fever" - Elvis Presley


13 de junio de 2008

La sombrilla con gabardina


El recinto estaba vaciándose a cada minuto que pasaba. Los cristales semitransparentes de ese lugar no dejaban que nos cercioráramos de lo que pasaba afuera, así que sólo podíamos especular: llovía.

No nos preocupábamos, no era tarde e íbamos preparados para situaciones como esas. Los demás, cada uno y poco a poco se iban despidiendo con el pretexto de aquellas gotas que no cesaban de caer.

El frío se colaba por dentro del inmueble, pero nuestro calor era más puro e intenso. La conciencia de que allí había más seres humanos era lo que tal vez nos mantenía a la temperatura normal. Estruendosos sonidos se escuchaban en aquel techo de algún material extraño, o tal vez no tanto, ese que nos daba la alerta de cuando podríamos aprovechar que el monzón se calmara y se nos abriera la puerta de esas tantas paredes que tanto nos encerraban.

Y llegó el momento. Al fin nuestro tic-tac en el techo nos avisaba que Tláloc se había tomado un breve receso y nos daba permiso de salir para dirigirnos a una dirección totalmente opuesta a la que estábamos. Entonces me recogí el cabello, saqué mi sombrilla y él se colocó su gabardina, larga y negra...

Y ahí íbamos, 2 seres estúpidos que creían que un paraguas y una gabardina les resguardarían de aquel aguacero. Dos seres que lo que más los hacía estúpidos es que eran felices uno con el otro, aunque no se lo dijeran, aunque permanecieran en silencio.

Sólo sonreímos al ver nuestros atuendos y salimos a la intemperie de la noche, a platicar con algunos árboles y a adentrarnos en la oscuridad. La luna no existió, no fue nuestra cómplice de siempre, nadie nos miró. Nuestras cargas extras corrían el riesgo de empaparse, y por ende, de deteriorarse, pero era algo que para aquel momento no había diferencia. El caminar bajo la lluvia, juntos, era algo que no sucedía a diario, no sucedía muy a menudo.

Aún nuestros pies rozaban el sucio y húmedo suelo cuando él me detuvo en seco. Su cara mojada confundía el brillo que había en sus ojos, me preguntaba si quería decirme algo más cuando, precisamente, en ese exacto momento, no pasó nada más que la unión de sus labios con los míos.

Algo sucedió, algo que no comprendía, pero que en realidad ni quería comprender. La lluvia era nuestro escenario, nuestra escenografía y nosotros, los protagonistas de alguna obra romántica de Shakespeare, pero esa gabardina lo hizo girarlo todo. No podía ser Shakespeare, tal vez podía aventurarme con Hesse, quien no impregnaba el romanticismo, pero sí el amor y la locura aunada a la curiosidad.

No lo sé, no sé si éramos un cuento o una obra, de un novelista o de un dramaturgo, sólo sé que vivíamos nuestra propia historia. La historia de dos estúpidos que creían ser felices bajo la lluvia.

Pero lo peor de todo es que lo éramos.

Hay calores que se perciben, se guardan o se tiran, se quedan o se van, se transmiten o se repelen, pero hay algunos, sólo unos cuantos, que se perciben, se guardan, se quedan y se transmiten, todo a la vez, y yo podría asegurar que esa noche no tuve ni una pizca de frío. Él tal vez se quedó con mi aliento, saboreándolo un poco, estrujando mis prendas mojadas y siendo tapado por aquella sombrilla que resultaba irónica porque lo menos necesitábamos era una sombra.

Los faroles nos acompañaron, la luna era excluida, los árboles nos ceñían entre sus ramas y una que otra ráfaga de aire nos atormentaba.


El paraguas cayó, lo abracé por debajo de esa sensual gabardina, él sujetó mis cabellos y dejamos que nuestros alientos hablaran nuestro último sueño...




Y lo mejor de todo es que tristemente, fue real.





"La esperanza de una felicidad eterna e incomprensible en otro mundo, es cosa que también lleva consigo el placer constante" - John Locke



Listening to: "Psicosis" - Hocico

17 de mayo de 2008

Placeres terribles


Una mirada inquieta, nerviosa, temerosa, ansiosa.
- ¿Quieres subir?
Una afirmación gesticulada.
Un beso suave y salvaje inicia el flirteo.
Sentir la lengua de él descubriendo su garganta.
Gritar al sentir como sus uñas se encajan en su blanca piel.
Escuchar el vaivén de su respiración.
Abrir los ojos mientras él los mantiene cerrados cuando ofrece su espectáculo.
Acariciarlo en lugares recónditos jamás explorados.
Recibir besos exquisitos, raros, extraños.
Oír su propio jadeo que emana de su boca.
Abrir la boca, cerrar los ojos, contraer los músculos, arañarlo.
Adorar como él utiliza su fuerza para moverla a su antojo.
La música de fondo, perfecta para calmar el ambiente.
Recostarse abrazados; él acariciándole el cabello, ella respirando su vaho sobre su pecho.
Palabras exactas, te quieros perfectos, alguna que otra palabra superlativa.
Roces accidentales bajo las sábanas.
Risas, recuerdos, dulzura.
Él comienza a besarla de nuevo, ella lo dirige.
Explosión interna, deseos al máximo.
Gemidos eternos.
"Te Amo".
Recorrer el cuerpo de ella a través del compás de sus caderas.
Mantenerse quieto, gozándola. Mantenerse quieta, gozándolo.
Un beso sutil, como de agradecimiento.




¿Porqué le dan más importancia de la que realmente tiene? Es simplemente algo más que existe en este banal mundo.




Lo realmente sublime es estar verdaderamente juntos sin tener que fundirse carnalmente.





"Luchar para vivir la vida, para sufrirla y para gozarla... La vida es maravillosa si no se le tiene miedo" - Charles Chaplin



Listening to: "La Balada" - La Cuca

6 de mayo de 2008

Impresionismo


Había música hecha por violines de fondo cuando hace algunos pocos días iba caminando en medio de un bosque púrpura. De pronto escuché un sonido estremecedor, volteé a todos lados para tratar de encontrar aquello que me había sobresaltado y no encontré nada, por lo que asustada decidí continuar mi camino. Mis vestidos rojos veteados de negro me hacían sentir ligera, mis pies descalzos sentían la grama bajo ellos y por un breve momento decidí pararme a descansar.

Ahí, recostada observaba a la luna, esa pelota roja que en esos momentos me miraba y que con muecas me decía muchas cosas, me guiñaba el ojo y me sonría pícaramente. Más de repente comprendí que ese sonido que había escuchado previamente venía de mi interior, fue un grito de auxilio, de ayuda, de labor. Volví a escucharlo, giré en mí misma y observé unas sombras a lo lejos, todos los árboles estaban difuminados, como si fuesen una pintura vieja hecha por van Gogh. -¿Qué les había pasado?- Me preguntaba. Mis cabellos se ondeaban al compás del viento helado, mi piel se ponía chinita a causa de un revuelo que estaba segura, yo había comenzado. Esas sombras comenzaban a acercarse a mí, y yo no podía identificarlas...

Por un breve momento divisé un rostro, un espectral rostro que yo conocía; intenté correr, pero mis pies quedaron convertidos en raíces, mis manos parecían alas, pero el contraste de mi entierro en la soledad y el ansío de querer volar se oponían entre sí y me quebraban a la mitad, me hacía añicos, me hacía pedazitos, en donde había uno en el que se encontraba mi corazón, esa pequeña cosita entre roja y entre negra estaba latiendo, estaba muy débil y cansado, todo lo que tenía que haber soportado estos 19 años, y yo que nunca me preocupé por él.

Pero ahora ya nada importaba, yo estaba destruida y él aún seguía vivo, que mejor se salvara él y yo me despidiera del mundo por entero. Cerré mis pequeños ojos muy fuertemente, hasta que me dolieron y sentí líquidos fríos en mi rostro, corriendo a través de mis mejillas... Cuando intenté abrirlos, mi vista estaba totalmente empañada, la lluvia arreciaba, estaba completamente mojada en la grama en la que me había dejado caer y el lodo cubría mi blanca y gélida piel.

Ahí estaba yo, inspeccionándome, dándome cuenta de que todo fue un sueño, y que todo había sido tan irreal como lo son todos esos libros de cuentos que a diario me hago leer. Pero cuando decidí levantarme para continuar mi camino, allá estaban esas sombras espectrales, detrás de los árboles difuminados queriendo escapar de mí. Él miedo se los infundía yo, no ellos a mí...




"Cuando quiero leer una novela la escribo" - Benjamin Disraeli



Listening to: "Of A Might Divine" - Haggard

29 de abril de 2008

Sólo un clásico juego


El calor aumenta.
Él te mira entre tímida pero lujuriosamente.
Le correspondes con una sonrisa coqueta.
Él se acerca y te pide arribar en algún lugar lejano.
Lo besas.
Te lame.
Disfrutas.
Empieza el juego.
Todo termina.


Al día siguiente estás rogando para que se vaya de tu cama.



"La fuerza de las mujeres depende de que la psicología no puede explicarlo. Los hombres pueden ser analizados; las mujeres sólo pueden ser amadas" - Oscar Wilde



Listening to: "Buttons" - The Pussycat Dolls

16 de febrero de 2008

La Primera Vez...


Todos los días juntos, uniendo nuestras manos, sonriendo a las estrellas, agradeciendo a la vida por cruzarnos.

Todos los días sentados chocando nuestros cuerpos, rozando caricias suaves en la piel, besando nuestros húmedos labios, abrazando a la noche y olvidando el ayer.

Y todos esos días tuvieron un final, no un final, una conclusión, no una conclusión, una culminación.

Ir y venir, cantar y gozar, conversar y sonreír, ser feliz y nada más. Tomamos nuestras manos y anduvimos, caminos para aquí y para allá, nos regodeamos como pavorreales en un jardín privilegiado y nos carcajeábamos de nuestra propia felicidad.

Nuestra meta era distinta, pero todo se desvió. Seguimos caminando, cuando se detuvo en seco, me giró para sí y me abrazó. Frente a una fuente sin agua, sucia y contaminada, pero con un cielo oscuro, limpio y sutil como la mismísima luna.

Nuestra decisión fue otra, el seguir así. El no dejar de hacer eso. Continuamos caminando, viendo árboles por doquier, yo embobándome con las luces, como a diario lo suelo hacer. Él comprendía que yo las amaba, y él las amaba también, ¿cómo no podía evitar sentirme feliz por aquél ser que me ha puesto la noche para descubrirme a mí, a mi vida, a mi ser?

Anduvimos sin más ni más, continuamos tomados de la mano, sentía el candor de su piel contra la mía, tan fría y cálida a la vez. De vez en vez se acercaba a mí y rozaba un poco con sus labios mi mejilla, despidiendo su aroma, para que yo pudiese apreciarlo, yo sólo cerraba los ojos y me limitaba a saborearlo, no podía hacer más, no quería.

Me abrazó de nuevo, me dijo unas cuantas cosas, cosas tan sublimes que no podría describir aquí, o que más bien, no quiero describir. Caminamos por esa vereda de siempre, dejamos que la luna se asomara por el entrevés de las hojas, que sus rayos nos tocaran, nos amaran, nos besasen. Yo lo arrastré, le dije: '¡Seamos felices!', entonces me aventé en la grama y lo jalé hacia a mí. Él temía, yo no. Sólo lo abracé y le dije que se olvidara de todo, que cerrara los ojos y viera a las estrellas de arriba, a la luna de abajo y a nuestros cuerpos flotando. Ahí estábamos, como dos locos, como dos enamorados.

Hablamos y hablamos. Yo le acariciaba el cabello, él me susurraba anhelos. Yo le decía algunas frases, él sólo sonreía, me miraba y amaba. Le compartimos a la luna unos cuantos secretos, y nos preguntamos que dirían los árboles al vernos, sólo pudimos dar suposiciones como respuestas, pues vimos que éstos jugaban con el viento, pero mientras tanto nosotros, nosotros nos fundíamos con un beso eterno.

Un beso al final, un beso muy cierto, un beso tranquilo, un beso sincero. Y así comprendimos que para hacer el amor no es necesario un contacto externo, sino que es suficiente e incluso sobra, un abrazo del alma, en el que despojas tus ropas, tus ropas marcadas, marcadas de heridas, de sufrimientos y penas, pero que le muestras a esa otra persona tus más cálidos sentimientos, tus más puros deseos. No necesitas llegar a un orgasmo, si el orgasmo ha comenzado con el simple mirar, con el simple rozar de unas manos. Hacer el amor es pues, no simplemente compartir una cama, es el compartir un lecho con un alma sincera, con un ser que te ama. Es mirar a las estrellas, acostada en la grama, dejarte besar y abrazar a la luna, gozar de una mirada, arañarle la espalda a la amargura, sonreír a la nada, amar con locura.

Una culminación eterna, un despido al ayer, una renuncia a la soledad, simplemente... Nuestra Primera Vez...




"Para hacernos amar no debemos preguntar a quien nos ama ¿eres feliz? Sino decirle siempre ¡Qué feliz soy!" - Jacinto Benavente



Listening to: "Muchachita" - Miguel Gallardo




14 de octubre de 2007

Luces Lunares


Era ya muy tarde, la noche se asomaba por las rendijas de una vieja y graciosa ventana. Estaban las luces de la casa apagadas, sólo había un poco de luz lunar que se dejaba asomar acompañando a la noche entrando a escondidas a la casa.

Ella se encontraba sola... pero a la espera de alguien. No sabía que esperar de su visita, mas ella comenzaba a sentirse nerviosa pero emocionada a la vez.

Preparó la tina para tomar una larga ducha, que le relajara y a la vez le obsequiara de aromas que podría ofrecerle a su invitado. Las luces continuaban apagadas, pero los reflejos del cristal de su espejo y el ondear de la bata que le cubría el cuerpo, provocaban destellos en medio de la penetrante oscuridad.

En esos momentos, se sentía mujer. La soledad de su casa, la espera que había en ella, la ligereza de su cuerpo recorrer los cuartos vacíos, le provocaban demasiadas cosas internas. Olvidó todos sus pendientes, dejó a un lado su copa de vino, se quitó los tacones y se desnudó de la única prenda que la cubría...

Estaba ahí, parada frente a la tina... el agua le invitaba a acercarse, pero ella se invitaba a sí misma a explorarse. Volteó al flamante espejo que tenía en el baño y se miró, descubrió cada lunar de su cuerpo en medio de la blanca piel, sus cuervas eran perfectas, su cabello moreno y largo. Tomó sus propias manos y se sintió como una pequeña niña con un juguete nuevo, recorría con las yemas de sus dedos cada perfil de su cuerpo. Sintió sus pechos sobre sus manos, eran pequeños, suaves y tersos al contacto. Sus labios, que fueron recorridos también, gruesos y delicados, ansiaban probar un aliento esa noche...

Caminó poco a poco por el húmedo baño, se hundió bajo el agua y cerró los ojos. Lo estaba sintiendo, los estaba deseando, lo estaba queriendo. Volvía a imaginarse a sí misma, siendo amada por alguien más, pero se controlaba. Sonreía para sí, esta noche es mía -se dijo-, tomaba el jabón y lo pasaba por encima de su cuerpo, de su presencia, de su deseo. Se empapaba de un aroma, de su perfume. Sus cabellos se erizaban, su sensación brotaba, sus ganas aumentaban...

Al terminar la ducha se dirigió a su cuarto, así, completamente desnuda. Se recostó sobre su cama y dejo que ésta también se cubriera del perfume natural que emanaba de ella. Se sentía libre de hacer lo que quisiera. Al levantarse, se dispuso a escoger un atuendo que encajara con sus deseos, esa noche. Un vestido, corto, con escote pero suave, sus tacones y su propia piel la vestían.

Sin encender las luces, amenizaba el ambiente, mientras las luces lunares continuaban escabulliéndose por las rendijas de su prisión.

Entonces tocaron a la puerta, ella estaba sentada con una copa de whisky en una mano, sonriendo y esperando. Él no necesitaba que fuese invitado a pasar, ni que le abrieran la puerta. Poco tiempo después, él estaba parado frente a ella, con un aroma muy diferente al que de ella emanaba, pero ambos perfumes poseían la misma intención.

Ella le dio su propia copa de vino y fue a servirse otra para sí. Mas él no quería esperar. Ambos derramaban su ansía, su deseo. Él se dirigió hacie ella, la giró para su ser y la tomó por la cintura. El vestido que ella portaba se ceñía a la perfección a su cuerpo; al tomarla por la cintura, el vestido se subía sin querer y dejaba entrever unas hermosas piernas blancas y tersas; sus hombros se desnudaban porque caían los tirantes de la prenda. Ellos sólo se miraban.

Ninguno lo dudaba, esa noche pasaría algo... Mas no sabían cuán lejos llegarían. Los labios de ella se mojaban con el ansía de vivir cuanto antes lo que estaba por pasar. Los dedos de él se perdían indiscretamente por la espalda que ese cuerpo poseía. Él quería avanzar, ella quería dejarlo avanzar...

Ella se limitó a sonreir, a separarse y a dirigirse a alguna oscura habitación de esa oscura casa llena de luces lunares que espiaban acompañadas de la noche, invitándolo a seguirla...



Él no dudó, la desnudó con la mirada y acompañado del ansia, se dispuso a dejarse llevar...






"Cuando una mujer se rinde es porque ha vencido" - Aldo Camarota



Listening to: "Poema No. 20" - Anabantha





10 de septiembre de 2007

Remember Sadness


Mi vientre sintió la fría y plateada hoja de algún metal en su interior, y en su lugar salió un líquido cálido, puro y espeso. Mis ojos se salieron de sus órbitas y mi boca ahogó un grito de dolor que desgarró la noche clara iluminada por una roja luna. Esa noche hubo sangre, mi sangre...

Era un oscuro callejón, iba sola como siempre suele suceder y como siempre también, iba sumida en la música que mis audífonos me regalaban, por lo que no me percaté de que alguien me seguía. Cantando, vacilando y apurándome para llegar a casa sentí un jalón en mi antebrazo hasta quedar suspendida de mi arrecio. Alguien me había volteado para sí, alguien me había empujado para sí, y yo sólo lo miraba, entre pensativa y asustada. Trataba de recordar quien era, me parecía extrañamente familiar, pero supuse que en ese momento no importaba puesto que esa persona parecía que tenía un fijo interés en mí.

Yo traté de zafarme, grité y sentí su fétida mano cubriendo mi boca evitando que saliera cualquier sonido que rompiera el silencio. Él nunca habló, tal vez temía que yo reconociera su voz; sólo se limitaba a sonreir con una mueca asquerosamente maliciosa, mostrándome una dentadura casi perfecta, a excepción de su color; a él yo lo conocía. Algo me susurró al oído, y digo "algo" porque no le entendí, al darse cuenta de mi negación él se enfureció... Me empujó hacia la oscuridad y yo caí, caí derrumbándome completa...

Algo me había pedido, algo que aunque no le hubiese escuchado, yo no tenía. Intento esculcar mis pertenencias, intentó tocarme para esculcar mis bolsillos, pero yo fui más rápida, lo golpeé en el rostro. Craso error. Él me hirió con su fría navaja en el brazo izquierdo.

Pero no buscaba objetos de valor, no intentaba robarme, pues traía el celular, mi cartera con un poco de dinero, y ni siquiera tuvo la menor intención de tomarlos. No... algo más quería él, pero lo peor de todo es que yo era una de las cosas que él quería. Seguía sonriéndome, se acercaba a mí... yo lo miraba con coraje, miedo y asco.

Mi mente divaga ya... no recuerda muchas cosas, sólo recuerda que él quería llevarme a algún lugar, yo me resistía, gritaba, pataleaba, lloraba y sentía lo helado de esa navaja en mi vientre... Ya después sólo escuchaba ambulancias a lo lejos, gente corriendo... el tipo inconcluso...

Hace unas pocas horas me desperté y no sabía dónde estaba. Me costaron varios minutos comprender. Mi madre parada en el umbral de la puerta observándome, agradecida supongo porque había despertado y yo, terriblemente confundida. Ella me explicó cosas, cosas que prefiero no relatar, pero que me aliviaron y dolieron inmensamente.

El hospital en el que estoy es frío, blanco y oloroso, como en el que algún día pienso trabajar. Me siento abrumada, triste pero firme. Parece que nadie se ha enterado, no hay ninguna llamada perdida o algún mensaje en el celular, ése que mi madre tuvo la bondad de darme para evitarme el aburrimiento que me produce estar sin mi preciada música. La laptop en la que escribo es de alguien no tan ajeno a mí, que también amablemente me proporcionó para acurrucar mi "algo que hacer".

No estoy sola, me repito una y otra vez, gracias madre, gracias padre, gracias hermana, gracias familia, gracias amigos... Quienes están y no están aquí, física y no físicamente... Gracias.



La música melodiosa, en un silencioso hospital es hermosamente agradable, tranquiliza el alma, alumbra la oscuridad en la que me sumerjo, cierra mis heridas, cura mis traumas, abre nuevos caminos por recorrer...


Gracias por no dejarme morir ahí... Gracias por dejarme escribir estas líneas para ti...




8 de agosto de 2007

Bon Voyage!


Ella estaba ahí, sola, imaginando cosas...

Sintió una descarga de conmoción al sentir su cuerpo desnudo y húmedo bajo la ducha... Era un agua deliciosa: tibia pero fresca a la vez. Arreciaba el agua salada sobre sus mejillas, confundidas con las gotas de ese líquido proveniente de la regadera. La música de fondo no ayudaba en lo absoluto...

Recordaba que un día antes estaba feliz, contenta al descubrir que se situó en el 9no lugar de su generación. Ni podía contener tal sentimiento, se sintió orgulla de sí misma, se sintió un poco avergonzada también pues a veces le llegaban esos pensamientos de no estar haciendo bien las cosas, cuando al final, los resultados demuestran lo contrario; ¡cuán equivocada estaba!

Recordaba también como ayer aprendió a decir "te quiero", a atemorizarser de cosas irrelevantes y a enorgullecerse de ser la primera "causante" de una risa diabólica. Excluyendo las fastidiosas e inútiles horas en el hospital, ayer ella se sintió contenta después de algunas semanas.

Detestaba estar mucho tiempo bajo la regadera, su actitud ecologista le asqueaba el estar tirando el agua innecesariamente, incluso aunque lo estuviese viendo en una caricatura por TV. Pero esta vez se sintió tan diferente, que deseaba seguir empapándose más y más con ese agua cálida y fría a la vez, relajando los músculos de su frágil cuerpo, mojando sus delgados cabellos y enrojeciéndo su delicada piel. Era un éxtasis.


Cerró los ojos, y siguió pensando, imaginando. Ahora cayó en la cuenta de que debía elegir los atuendos que tenía que llevarse para un ligero pero necesario viaje. Seguía estando contenta, y eso le provocó una distorsionada sonrisa en el rostro, pero había algo que turbaba su felicidad. Pensó como siempre volvía a cometer el mismo craso error: el esperar algo más de las personas; ella siempre solía creer que corresponderían con algo mutuo, pero también sabía que todas las personas eran diferentes en su ser.

Comprendió que estaba gastando demasiada agua y demasiado tiempo, por lo que renunció a la exquisitez que el baño le ofrecía, se enredó una ligera y clara toalla sobre su cuerpo y subió escaleras arriba en busca de algún atuendo cómodo para el viaje, terminó escogiendo lo de siempre: unos jeans, una blusa y sus tenis; nada más cómodo, se dijo.

Ya vestida se dispuso a empacar, encontró una enorme maleta raída de algún lugar de su clóset, era demasiado grande para el pequeño viaje que iba a realizar, pero tuvo que resignarse ya que era la única que tenía. Acomodaba ropa, unos pares de tenis y zapatos, junto con sus objetos personales. Pero también empacaba recuerdos, sonrisas, personas, palabras y despedidas. Se sintió emocionada, esperanzada y contenta de nuevo porque llegaría revitalizada un día antes para entrar a la escuela.

Ahora está ella sentada, esperando a que llegue, aguzando el oído por si llega a escuchar el sonido de algún claxon por lo lejos, para comenzar a emprender una nueva y deliciosa aventura...





"Imposible es sólo una declaración que usan los hombres débiles para vivir fácilmente en el mundo que se les dio, sin atreverse a explorar el poder que tienen para cambiarlo. Imposible NO es un hecho, es una opinión. Imposible no es una declaración, es un reto" - Anónimo



Listening to: "Tears of..." - Akira Yamaoka and Rika Muranaka