
Suena mi celular en medio de la sala, no es tan audible como para molestar al resto del público pero me limito a contestar en voz baja. Solicitan mi presencia y me es menester salir del lugar.
Justo cuando voy a levantarme del asiento, siento que un hombre toma mi mano, sujetándola con delicadeza.
-Yo te acompaño.
-Gracias -contesté con una sonrisa sincera.
Nos dirigimos a su auto. Parecía que salíamos de un evento elegante, pues yo portaba un vestido magenta hasta las rodillas y me cubría cruelmente con un enorme abrigo a causa del frío; mis zapatillas eran bajas, cómodas, pero sin dejar de ser adecuadas para la ocasión. Él, en cambio, vestía un traje negro, zapatos bien lustrados y un saco largo que le daba un toque de porte y elegancia. Pese a ser un hombre que parecía doblarme la edad, no dejaba de ser sumamente atractivo.
Me abrió la portezuela del coche y me introduje en él. Mientras manejaba charlábamos de irrelevancias, mostrándome unos dientes magníficos. Olía a una fragancia fuerte y viril, que hipnotizaría a cualquier mujer en cualquier situación. De repente me despertó de mis fantasías, preguntándome:
-¿Me acompañarías a comprar algo? Soy muy malo con las compras y de verdad que necesito unos zapatos.
-Claro, con gusto.
De pronto nos vimos en una tienda, él probándose distintos modelos y yo negando o afirmando con la cabeza, según era el caso. Cuando habíamos terminado las compras, me tomó de la mano para dirigirme al auto. Yo instintivamente me solté, pero haciéndole ver que jugaba. Me sonrió con mesura y después de abrirme la puerta de nuevo, subió al coche.
Ahora no me preguntó a dónde me dirigía, ni me dio indicios de la nueva dirección, por lo que creí que regresaríamos al evento en el que nos encontrábamos. En su rostro se veía un tranquila facie, pero misteriosa. ¿Quién era ese hombre? ¡Ni siquiera le conocía! Me gustaba, sin embargo, había algo que me dejaba intranquila.
Noté que nos adentrábamos a un campo abierto por un carretera de tierra. A lo lejos se divisaba una casa de madera, bastante grande y con una bonita fachada. Estaba pintada de colores claros, tenía un pórtico y en la parte trasera se figuraban unos solitarios columpios. Se detuvo frente a ella y me invitó a bajar cuando me abrió la puerta con la máxima caballerosidad que un hombre puede expresarle a una mujer. Me bajé del auto más por instinto que por gusto, pues ya he dicho que había algo de extraño en la situación. Me invitó a pasearme por el campo, no hablaba y sólo sonreía al verme. He de confesar que se veía muy bien, y sentí deseos de que me tomara de la mano de nuevo, como lo había hecho, pero tenía miedo, pues ese hombre me inspiraba más intriga que confianza. Yo le devolvía sus gestos con sonrisas de cortesía, preguntándome internamente dónde demonios estábamos y qué hacíamos ahí. Me dirigió ahora al patio trasero, invitándome a sentarme en uno de los columpios, siempre con esa intrigosa sonrisa. Acepté y comenzamos a charlar.
De pronto se escucharon ruidos en el interior de la casa y yo me sobresalté. Él, sin dejar de sonreir me tomó de la mano, la que yo otra vez retiré con un jugueteo y con una sonrisa incitadora. Él se agachó sonriendo en señal de comprender mi juego y me adentró al recinto. Estábamos en un vestíbulo bien decorado, con flores, una elegante escalera y un corredor que llevaba a los siguientes cuartos de la casa. Era como me gustan, bien iluminada y de colores claros. De imprevisto aparecieron dos niñas de unos 11 y 8 años, respectivamente. Ambas me veían con una sonrisa pero con una enigmática mirada. Al igual como lo hacía aquel hombre.
Entonces sentí mi móvil vibrar y reconocí una llamada entrante de un viejo amigo, que me informaba que estaba ya en el evento que yo había abandonado. Usé este pretexto para solicitar que me llevara de regreso a donde estábamos, pues quería saludar a mi amigo, así como continuar disfrutando de lo que ahí se estuviera presentando, cosas que eran ciertas, pero en realidad lo hacía más por la urgencia de salir de ese extraño lugar.
-Claro, volvamos al coche.
El camino de regreso no lo recuerdo con exactitud, pero al final, él volvió a tomar mi mano y acercó su rostro a escasos milímetros del mío. Yo estaba tan asustada, que rápidamente lo evadí con una sonrisa, de nuevo juguetona, que daba pauta a que él lo malinterpretara de que yo estaba haciéndome la difícil.
Al llegar de nuevo a la sala en la que me encontraba al principio, reconocí a mi viejo amigo y lo saludé con el cariño más fraternal que podía ahondar en mi ser, pues era como mi hermano, ese que nunca tuve. Me senté a su lado, evadiendo por completo al misterioso hombre que hacía unos momentos había acompañado a quién sabe qué lugar y de reojo noté en su rostro una ligera expresión de celos, casi impercepible, pero firme.
Habiendo terminado el espectáculo mi amigo se ofreció a llevarnos a nuestras respectivas direcciones, a lo que yo acepté y extrañamente, el hombre misterioso también. Mi amigo me tomó de la mano, y a él no se la arrebaté, en cambio, me dejé manejar por sus movimientos, y me abrió la puerta trasera del coche para que 'fuera a lado de mi compañero', me dijo. Me avisó que también llevaría a alguien más en el asiento del copiloto y que pasaríamos a su domicilio primero, a lo que yo accedí. No llevaba ninguna prisa.
Entonces volvió a suceder algo extraño. Mientras mi amigo nos contaba de su vida de casado y como padre, veía yo que él también nos dirigía por ese camino de tierra que conduce a la misma casa a la que el extraño hombre me había llevado antes. De pronto sentí una mano sobre la mía y volteé rápidamente, regresando de mis recuerdos, para verlo a él, con una sonrisa cálida pero misteriosa, con una mirada amorosa pero enigmática. Se acercó a mí, acarició mi rostro e intentó rozar sus labios con los míos. Impulsivamente yo me aparté, volteé a la ventana y no había pasado un segundo cuando me encontré besándole apasionadamente.
Llegamos a esa casa extraña, pero ya no me quise bajar del auto. Tenía miedo. Ahí se bajó el hombre al que debíamos llevar primero a su domicilio, ese que iba en el asiento del copiloto. Luego mi amigo nos preguntó que a dónde íbamos, a lo que el hombre que estaba a mi lado (aún cogiéndome de la mano) le contestó:
-A ningún lugar.
Mi amigo pareció entender el mensaje y nos llevó por carreteras desconocidas, solitarias y con un aire tétrico. Mientras, el hombre al que había besado estaba tan tranquilo y ecuánime, y con su sonrisa de siempre. Su inmaculado traje no parecía haberse arrugado ni un poco y su saco lo hacía seguir viéndose tan elegante como lo había conocido.
Cuando nos bajamos del auto, mi amigo se despidió de mí, como si fuera una despedida eterna, para siempre, como si nunca fuéramos a volvernos a ver. Me dijo que me quería y que cuidaría de mí siempre que lo necesitara, pero que ahora tenía a mi lado a un hombre que realmente me amaba.
Yo no comprendí sus palabras, pero lo abracé con lágrimas en los ojos y lo despedí con la mano cuando él se alejaba en su auto.
Y para culminar, ese misterioso y enigmático hombre que me doblaba la edad y al que yo había besado, se acercaba para susurrarme algo con una voz que me dejó helada:
-Te amo.
Me petrifiqué, vi mis manos y en ellas se encontraba su saco, el que yo doblaba cuidadosamente cubriendo las partes claras para sólo dejar entrever las oscuras, escondiendo la sangre que en éste había. De pronto levanté la vista y con un sonrisa como la de él le contesté:
-Yo también.
Y después me embargó una emoción extraña, desconocida por mí pero apasionante. Sentí la necesidad de vivir por él, de ser suya, de convertirme en una como él.
De Morir por Él.
"El que busca la verdad, corre el riesgo de encontrarla" -
Manuel Vicent