¿Es el sol o soy yo emanando luz?Como buena mexicana, comienzo a dormirme temprano y levantarme tarde, a tomar la siesta por las tardes, a hurgar cosas olvidadas y a escribir en el blog justo cuando terminan las vacaciones. Como buen ¿ser humano? hecho en México: dejo todo para el último.
Y dejando todo para el final, ahora sí me dispondré a contarles de mis aventuras desventurosas en mi travesía por Acapulco.
¿¡Qué creen que ya se me había olvidado!? ¡Pues sí! Ya se me había olvidado...
Pero tengo que documentarlo para la posteridad. ¿Quién sabe si después de que termine de redactar estas líneas un tejón mutante viene del Parque Ecológico bramando que porqué no le adopté como hijo, me descuartiza y cena en taquitos? No. Mejor prevengo.
Todo comenzó una noche fría de octubre (¡ya 2 meses y pico!), el 22 para ser exactos. Partí junto con una hermana enfadosa, familiares no nucleares (ellos me invitaron, ¿acaso iba a rechazarlos?) y sin padres. Pasó nada relevante, salvo lo de siempre: me gusta la carretera, el traslado, el viaje en sí. Por supuesto, escucho a Travis de ley y me dediqué a observar lo que más bien desmenuzo en mis adentros. Mis viajes mentales son tan lúcidos como lo que produce una dosis extrema de LSD combinada con mandrágora.
Después de aproximadamente 10 horas de viaje y de mi trasero tieso y entumido llegamos a la Cd. de México. ¿Para qué? Pues para ir a Teotihuacán. ¿Acaso creían que mi principal atracción era ir a las paradisiacas playas de Acapulco a ponerme un bikini diminuto y ligar europeos? Claro, pero también ir a empaparme de una de las cosas que más me gustan: la historia.
Así que como a las 8.30 de la mañana hora de allá, pisé tierras capitalinas. Pese a que me habían anticipado que haría mucho frío, sólo portaba una chamarra simple más bien por costumbre, pues no me caracterizo por ser una chica friolenta. Me encontraba toda despeluchada, con el cabello completamente lacio a causa del viento viajero y con la garganta seca.
Mi tía empezó el día dándonos instrucciones de por donde dirigirnos, donde pagar la entrada, que haríamos si uno se perdía (yo dije que si era mi hermana que ahí la dejáramos), en fin. Cosillas que la familia siempre dice para que se haga más cálido el asunto. Como buen cliché americano.
Como en
mi viaje pasado a chilangolandia, de nuevo me resultó la entrada gratis. Oh sí, dDios bendiga a las credenciales escolares; eso me produce satisfacción a saber de los $100 que me costarían recuperarla si llegase a extraviarla. Pero, ¿qué creen? Es la misma desde que comencé la carrera. ¡Sorpréndanse! (¿Qué tal un cheesecake para festejar? ¿No? No pues).
Una mostradita de mi poderosa credencial y ya tenía mi boletito de entrada perforado. Y ahora sí, Teotihuacán me saludaba frente a mí, bien imponente el presumido. De frente estaba la Pirámide del Sol, a mi izquierda la Pirámide de la Luna y a mi derecha algunas otras estructuras de las que no me acomedí a preguntar el nombre.
Pirámide de la LunaEran grandiosas las construcciones. A mi ver, era millares de escalones de diminutas dimensiones los que había que recorrer para llegar a la cima, pero vale la pena: es una vista preciosa. Desde ahí se podía ver la Pirámide compañera, más pequeña, estructuras anexas, viviendas y a mi hermana tratando de acomodarse el cabello porque el viento la despelucaba. Me encantó reirme ahí, con primos con los que me llevo excelentemente bien y con quienes puedo llevarme a mi gusto y manera sin que se inmuten.
Los veo desde arriba, mortales
Desgraciadamente me tocó después del equinoccio autumnal y antes del solsticio de invierno, pero no importaba, aún así mis tía nos obligó (a mí no, lo disfruté) a levantar los brazos y respirar el aire que los dioses nos regalaban. Aspiré yo creo smog, pero fue tan rico. Me encantó estar allá arriba, olvidándome de los seres mortales que se encontraban abajo, imaginándome que podría tomar rayos en mis manos y aventárselos a manera de Zeus femenina.
Mi mano sin rayo [un "ahh" de dolor] les saludaDespués de eso, bajamos los minúsculos escalones (yo saltando, pero bien agarrada del pasamanos) para dirigirnos al museo. Éste era exclusivamente de arqueología, exponiendo esculturas de barro, orfebrería, artículos tallados en hueso y hasta esqueletos que yo creo, fueron arrumbados por sus antepasados (éstos últimos los colocaron tan tétricamente en un cuarto oscuro, con sólo luz roja de fondo, como para asustar al turista -con mi hermana lo logró-), me divertí diciéndoles los nombres de los huesos a mis primos -el resultado de no tener mucho que hacer-. También había una maqueta a escala de todo el terreno, la cual podía ser analizada por el visitante desde arriba literalmente, ya que caminaba sobre un piso de vidrio que la cubría por completo. Fue mágico -ptff-.

Mini TeotihuacánDespués de eso, fuimos a visitar el ¿Museo de las mariposas? O algo así nos dijeron, pero yo no vi ninguna mariposa por ningún lado. De hecho, no tuve idea de qué era y olía mal (catástrofe universal). Me compré unas cuantas cositas, como un par pulseras, un arco con flechas hechas con esos palitos con los que hacen las banderitas el día de la Independencia, pero me gustó y me lo traje. Y creo que es todo; estuve tentada a comprarme una caja (no recuerdo como se llama) en la que le jalas una cuerda dura de noséquécosa siguiendo un movimiento definido por unas hojitas donde venían las canciones que desees tocar, pero estaba algo cariñoso y mi codo comenzó a sangrar.
Ya que se terminó nuestra expedición por Teotihuacán, fuimos a visitar las limpias y cristalinas aguas de Xochimilco. Puros olores a fragancia floral y una comida exquisita -nótese el sarcasmo, por favor (lo reitero por lo de la comida)-. Mi hermana como siempre, temerosa a las trajineras -detesta todo lo que se mueva en agua y que pueda contener algún animal exótico que pueda salir y devorársela, lo cual yo opino que no estaría mal-. Pidieron algunas canciones a los mariachis ambulantes -muy caras para mi gusto, pero bueno ¿a mí qué no se me hace caro?- y comí unas quesadillas muy extrañas que supieron más extrañas aún. Pese a todo, estuvo agusto el paseo y ya podré morir diciendo que ya conozco la Venecia mexicana.

Andaba zombie ese día, comprendanTerminado Xochimilco fuimos a otros lugarcillos, donde cenamos, me tomé un café -imagínenme- e hicimos otras cosas que serían innecesarias detallar.
Ya siendo muy tarde, volvimos a partir pero ahora sí al destino principal: Acapulco. Fueron aproximadamente 6 horas de viaje, pero esta vez dormité casi todo el camino. Pero eso sí, mis audífonos no dejaron de sonar.
Y llegamos:
El Fairmont Princess Acapulco les dice 'hola'Este fue el hotel en el que nos hospedamos. Casi casi escuché a mi conciencia susurrarme al oído: 'Aprovecha, que quién sabe cuando volverás a estar aquí', y que le doy un manotazo aplastándola como cual mosquito enfadoso. Pero sí, era el máximo lujo en el que yo había estado alguna vez -vamos, no soy rica, y mi Tepic tampoco es un lugar de élite-. Mis tíos cuando me invitaron, parece que me ofrecieron lo mejor.
Esa pirámide que ven es sólo un edificio de los tres que consta el hotel en su totalidad. Tiene albercas por doquier -una de agua salada-, playa privada, como 5 restaurantes de lujo para todo tipo de gustos, bares aquí y allá, un campo de golf más enorme que mi querida Loma, caballos para cabalgar en un romántico atardecer, boutiques, un café, y muchas habitaciones geniales con -lo más importante- camas comodísimas y muchas chucherías más que no puedo enlistar aquí -pero si lo desean, búsquenlo en internet, es casi mágico (por cierto, utilicé el internet en el hotel y cobraban 100 varos la hora, nada más. Ja! Me quedé 15 minutos)-.
Mi tía se registró en el lobby mientras nosotros deambulábamos por aquí y por allá, yo claro, sonriéndole a morenos guapetones.

LobbyY que nos dieron la tarjeta para la habitación (es que ya no dan llavesita) y que nos dirigimos para allá. Yo disgustándome con una cosa que a mí no me agrada mucho pero que mi hermana siempre disfruta: los elevadores. Soy un poquitín claustrofóbica -¿poquitín?-.
El cuarto resultó ser como del tamaño de la sala y el comedor de mi casa. Con dos pantallas de plasma, un pequeño anticomedor, tocadores donde guardar las chucherías, dos clósets y una cama hermosamente cómoda (casi casi me enamoraba de ella, sólo le faltó tener tulipanes siendo regados por duendes nocturnos que tocan blues con una armónica vieja y oxidada):
Me gustó la lámpara, pero no formaba parte de las cosas que podrías traerte del hotel :(
Cama exquisitaEl baño sí me conquistó. Valoro mucho los baños bien aseados, y éste obviamente no fue la excepción. Me sentí toda una diva bañándose tras puertas de cristal, satisfaciendo ojos voyeuristas. El agua tan deliciosamente disfrutable que duraba horas ahí -me di unas vacaciones en esa campaña de cuidar el agua-.
Ahí se ve mi Sensodyne =P
La luz me hipnotizó
Además, dos terrazas con tremendas vistas: una al mar exclusivamente y la otra al medio mar a la derecha, albercas y gente abajo, los otros dos edificios del hotel enfrente.

Vista al mar desde la terraza pequeña

Vista a las albercas, mar y gente bañándose desde la terraza grandeY pues, ¿qué se hace en Acapulco? Disfrutar. En esa piscina de arriba -mira a la izquierda- me iba nadar un rato, uno muuy largo. Me gusta mucho el contacto con el agua de manera completa. Me gusta mover todos los músculos de mi cuerpo y me gustó jugar con mis primos y hermana en plena mañana y en pleno atardecer.
Ese primer día fue de instalación, de pedir comida al cuarto y de andar de metiches conociendo el lugar, conociendo gente, bañarse en la alberca, visitar la playa, andar con mi tía siendo presentada a gente importante -para mí no- y ya.
Como la comida era fina y de alta cocina, por supuesto que era carísima. Me puse rojita y me agarré de la almohada para pedir algún platillo. Lo que hicimos para divertirnos fue pedir un platillo diferente cada quien -éramos 4 sin contar a mi tía, ella andaba en los restaurantes re-finos con sus amistades re-finas- y repartirnos de cada uno y así probar variedad. No había otra opción, no si no queríamos desfalcarnos el primer día con comida solamente. Y así quedó nuestro experimento:
Platillo compuesto por tacos de pollo, spaghetti napolitano, pollo ¿empanizado?, papas a la francesa (HD) y lo que parece ser una tostada con frijoles -pa' no perder el amor a la patria-.
Me pusieron un montón de cubiertos que mejor opté por hacer a un lado
Me encanta la cocina como es bien sabido. Y me encanta como los chefs de restaurantes de alta cocina adornan sus platillos. Así como las personas que disfrutan y hacen bien su trabajo. Cuando nos llevaron la comida a la habitación, el don del servicio al cuarto nos acomodó la mesa con su mantelito blanco, nos acomodó las servilletas a cada uno el regazo, repartió los platillos, puso los condimentos y aderezos en el centro, y una flor flotando en agua en un recipiente de cristal. Pero bueno, los que están acostumbrados a este tipo de trato seguramente pensarán que si estás pagando, es lo mínimo que deben hacer. Yo no pienso así.
Dormí tan plácidamente ese día que sólo puedo decir que fue una noche épica después de muchas desveladas semestrales.
Al día siguiente -sábado- nos fuimos a la Quebrada. Es hermosa. Y más aún, la vista.
Vista de la Quebrada y gente que sí pagó para ver el espectáculoVi a los monos aventarse -hay funciones, como en los circos: me tocó la de la 1 pm-, pero ¡cobran! Por supuesto, mi codo volvió a sangrar y preferí irme a un mirador que está un poco retirado pero que aún así me permite ver el espectáculo sin pagar ni un sólo centavo. Lo que son las mañas del mexicano.
El buen mirador y yo
Visitada la Quebrada, fuimos a conocer el centro de la ciudad. No es la gran cosa, puesto que sólo son negocios para turistas: hoteles de diversa calidad, antros, bares, Oxxos por doquier, centros comerciales, y todas esas cosas pichurrientas que no me interesan. Aunque llegamos a un lugar que si me agradó, un mercadito donde vendían orfebrería, souvenirs, telas y todas esas cosas. Compré unas cuantas cosas para mis padres -dadores de dinero y felicidad, luego dicen que ni me acordé de ellos- y ya.
En la tarde, ya en la habitación, me quedé ahí. Sí, un sábado por la tarde, en Acapulco me quedé en la habitación. Mi hermana y mi primo -los menores- decidieron salir a ligar y hacer sus cosas. Mi prima -3 años mayor que moi- y yo nos quedamos en la habitación como buenas hijas mayores: a huevonear. Yo, quería disfrutar de esa cama para mí solita, king size, con sábanas súper frescas (¡ah! ¡cómo las disfruté!) y un colchón orgásmico. Dormí lo que restaba de la tarde, fui enormemente feliz y para mí esas son mis vacaciones de ensueño: dormir, flojear al máximo, reponer desveladas, hacer nada.
Además, estábamos cuidando a una sobrina de mi prima -pero no mía- de 5 años que parecía estar más loca que yo: como fan de Dora la Exploradora, tenía a su amigo imaginario 'Botas' y lo cuidaba como a alguien existente, ahí. Nos decía que cuando habláramos, también nos dirigiéramos a él, que no nos sentáramos ahí porque podíamos aplastarlo, que le tomáramos de la mano, que le diéramos de comer. Me divertí tanto con esa chiquilla, me recordó a mí y a mis amigos imaginarios (sólo que yo no lo ando divulgando). Y como parecía ser una niña encerrada que no veía más que su programa del cual era fan, decidí presentarle alguna otra caricatura que le quitara de la mente su dichoso tv show. Le mostré al Avatar desde que me quedé dormida hasta que me desperté. La pobre niña tenía los ojos rojos y llorosos de ver la televisión, pero era capaz de contarme todo lo que había sucedido con Aang y sus aventuras. Poor Little Girl. Deben sacarla más seguido.
Me despertó una llamada de mi madre. Conociéndome tan bien me preguntó que si estaba dormida, cuando le dije que sí por supuesto que no se extrañó pero me reprendió diciendo que estaba durmiendo en Acapulco un sábado por la tarde. Que eso era casi una blasfemia y por ende, un pecado. Decidí decirle que me divertiría, pero a mi manera: 'voy a la terraza a escribir un rato y a escuchar el mar'. Me mandó un beso y se despidió. No tengo remedio, seguramente pensó.
Y sí, me senté un rato en un camastro que había en una de las dos terrazas. Me coloqué en la más grande; ya había anochecido y ahora me tocaba ver las luces bañando al hotel, a la luna reflejarse en las aguas de las piscinas y escuchar al mar gritarme sus azuladas melodías, rompiendo olas. Cuando estaba en medio de mi nirvana poético, llega mi prima a decirme 'salgamos, ¿no?', 'va', le contesto. Ya era hora de disfrutar la frase choteada
Acapulco en sábado por la noche.
Me vestí como quise y mi hermana -quien ya había llegado con mi primo para prepararse para salir con nosotras- insistió en plancharme el cabello. Así quedé:
Mi cabello lacio y largo =/Pasé un rato ameno y divertido. Fuimos de antro pero me enfadé y mi prima compartió mi opinión por lo que nos fuimos al bar del hotel a tomarnos unos tragos. Mi hermana sí se quedó con mi primo (dos razones primordiales: sí le gustan los antros y no puede tomar, ja!). Me tomé un par de Rusos Blancos con mi prima teniendo al mar enfrente, acompañándonos. Me la pasé endemoniadamente bien, pues me gustan esas compañías, disfrutándose en una noche amena. Volvimos a la habitación cerca de las 3 am, mi hermana y mi primo ya estaban ahí, viendo televisión cuando se nos ocurrió la idea de que hacía hambre: ¡Pizza! Pedimos una al cuarto pensando que había que aprovechar que no todos los días se está en un hotel de lujo donde puedes pedir comida por teléfono y casi te ponen babero y te hacen avioncito para que te la comas.
Desvelada segura, diversión total. Pijamada, como niños.
Ese día, todo crudos y desvelados -bueno, nomás lo último-, desayunamos rápido porque era el día del regreso. Ya dormiría en el camino.
Volví. Sana y salva. Me divertí. Ni me bronceé, pues siempre quedo roja. Pero fui muy feliz.
Fuistes a Acapulco y no me dijiste, que conste que yo
sí les avisé.
¿Muy largo el post? Se los debía. Además, es lo que pude recordar.
"La felicidad humana generalmente no se logra con grandes golpes de suerte que pueden ocurrir pocas veces, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días" -
Benjamin Franklin