23 de febrero de 2009

Crónica de una extraña mañana


Desperté extrañamente feliz. La sonrisa se dibujaba graciosamente en una cara árida de muecas bajas y tristezas. Se ovacionaba el día. Dejé que los minutos pasaran lenta y ligeramente. No deseaba levantarme de la cama. Era tan algodonosamente disfrutable que quedarse espinada a ella sonaba una excelente idea.

Por mi mente pasó el fugaz momento del pasado. Cerré los ojos y mi boca se torció en un gesto ascendente. Ningún sentimiento más claro podía ser superado por el de ayer. Podía asegurar con rotunda firmeza que un sí se asomaba a mi puerta, y no estaba alucinando. Tonos pueriles inundaban mis sueños. Trataba de imaginarme recostada en medio de la nada, flotando de quijada en quijada. Saboreando el suelo de tierras prometidas.

La fiesta de mi cama decidí terminarla. Me la estaba pasando bien pero sabía que arriba y abajo podía pasarla mejor. ¿Posición favorita? La que él decidiera, estaba a su merced, y él, lo sabía muy bien. Acaso creo pensar que se pavonea de la situación en la que me llega a colocar. Presumido.

Me muevo tan despacio como si tortugas me condujeran al clóset de mis prendas. Comienzo a desnudarme quitándome el pantalón flojo y arrugado que uso para simular que duermo. La blusa entallada que deja transver mis senos porque detesto usar sostén cuando intento descansar es testigo de que éstos tienen frío. Aviento los uniformes del día a la cama, inmediatamente busco ropa interior limpia pues me había bañado la noche anterior y los poros abiertos de mi piel me aseguraban que tenían demasiado frío como para usar la ducha esa mañana.

La blusa blanca es despojada con la flojera presente. Camino por todo la habitación buscando zapatos. Luego recuerdo que no me gustan, que los odio, ¿porqué no me dejan usar tenis en el trabajo? Inmediatamente me percato de que estoy semidesnuda, y eso me gusta. Mi cuarto es cálido y no permite que ráfagas de aire se cuelen por agujeros traviesos que insinúen levantar mis faldas.

Me aventé a la cama con los brazos extendidos y con unas ligeras bragas vaporosas cubriendo lo que queda de mi cuerpo. Miré fijamente al techo y observé el gris panorama: parecía de lluvia, un monzón que bien combinaría con una playera sin brassier. Al momento deseché tal idea. Me gustaban más las nubes grises/negras sin agua de por medio, pues no quería dormir más. La lluvia me tiene ese efecto.

Planeé mi día, ahí, en la cama. Me voy, regreso, vuelvo a irme, me voy a otro lugar, regreso, me pierdo y vuelvo a perderme. Lo de siempre, pero raramente hoy es como nunca, hoy estoy extrañamente feliz. Lo había olvidado. Me levanto de un salto y me quito la última prenda para quedar por completo desnuda.

Entonces selecciono mi ropa interior del lunes -la más blanca e infantil, pues la negra de encaje se reserva para el fin de semana- y me visto parcialmente. Me topé con que mi maleta de trabajo estaba hecha una aversión y me dispuse a acomodar los papeles más importantes del día. Ya he dicho que quería dejar que los minutos transcurrieran a su gana. Se estaba haciendo tarde y ni siquiera había desayunado.

Terminé esto y aquello y me vestí por completo. No me peiné, como siempre, aunque eso le restara puntos a mi tiempo. Me maquillé ligeramente para disimular las ojeras de mi vida, tomé valiosos objetos personales como el celular, llaves, reloj y a mi duende del pulgar.

Nos sentamos juntos a desayunar, él papita con cereal, yo un vaso de leche tibia con pan de nata. Disfruté el desayuno como hacía mucho no lo disfrutaba. Llegaron por mí.

- Vete yendo, aún no estoy lista- dije.
- Pero... te espero.
- No. Todavía tengo que hacer esto y esto y esto y aquello.
- Bien.

Gracias a dDios se fue y pude continuar con mi elocuente pereza. Le sonreí a mi duende con un bigote de leche y fui a cepillarme los dientes. Cepillé cada muela, cada premolar, cada colmillo cada incisivo como los comerciales de las pastas dentales me habían eseñado. Círculos, círculos, más círculos, arriba-abajo, arriba-abajo. Encías, encías sangrantes. Lengua, mmm rica lengua.

Me despedí del duende con un beso en la frente. Le dije que se portara bien, que si quería follar en casa que lo hiciera pero que no me diera cuenta. Eso estaba prohibidísimo.

Es que así me gusta hacerlo a mí.

Salí de casa arrastrando los pies. Cruzaba las calles arrastrando los pies. Tomé el colectivo y saqué el dinero y comencé a contar las monedas de diez y veinte centavos hasta juntar la cantidad indicada. No llevaba prisa, son 20 minutos de trayecto, seguro el chofer psicótico y drogado no se enojará.

Finalmente logré juntarlos y se los entregué. Bajo del transporte urbano más caro de la ciudad y camino directamente a mis labores diarias y diurnas. Me topo con gente que no deseo ver ni con quienes deseo platicar. Huyo, huyo despavoridamente, casi corro, casi caigo, ¡casi tropiezo! Pero salgo ilesa afortunadamente.

Me esmero por llegar lo menos sudada posible y lo más tristemente presentable para evitarme el 'buenos días' y que ni ganas les den de saludarme.


Pero no pude evitarlo. Hoy me desperté, levanté, vestí, desayuné, cepillé mis dientes, caminé, tomé el colectivo, pagué, corrí, casi caigo y llegué extrañamente feliz.


Y eso, es infinitamente mejor que ser feliz a secas.
Mi sonrisa lo demostró.



¿Tendré sexo esta noche?
Espero que el duende no se haya acabado los condones.





"No hay nada peor que ser una persona activa sin ninguna actividad" - Elizabeth Layton



1 comentario:

Anónimo dijo...

caramba...


te he extrañado!!!