2 de febrero de 2009

Días multicolor


Era un día gris.

Me asomé por la ventana para disfrutar de la brisa matutina que se desprendía de los algodones de azúcar que había por nubes en el cielo. Eran grises también. Por mi mente pasó la idea de una lluvia próxima, por lo que sonreí ligeramente: me gusta el olor a ozono, el olor a tierra mojada, el olor de mis plantitas regadas por el agua natural condensada, el olor a vida.

No sabía si iba a llover, pero no me martiricé por eso. Seguí con la cabeza de fuera por la ventana del segundo piso. Afuera se veían las calles medianamente pobladas de multitud. Era muy temprano en la mañana, todos se preparaban para sus respectivos quehaceres laborales del día. Algunos ya salían en sus autos rumbo a sus destinos, niños caminaban de la mano de sus madres para ir a comprar los víveres al mercado. Perros sin dueño se paseaban correteando pajaritos que se paraban alegremente en el filo de la banqueta, burlando a los carros que pasaban de vez en cuando.

Era un día tranquilo, pero gris. Había mucho viento, como para volar un papalote. Pero carecía de uno, lástima. No quería meter la cabeza de vuelta a la habitación, porque olería la vainilla que emanó de la vela que usé la noche anterior para leer ese libro que no consigo terminar, tomándome una taza de café y fumándome un cigarrillo. Quería permanecer con la cabeza apoyada en mi mano, y ésta a su vez, apoyada en el alféizar de mi querida ventana.

Escuchaba canciones españolas de fondo. La señora de enfrente había puesto música para amenizar sus actividades mañaneras. Sonreí nuevamente. Todo era tan calmo, ecuánime y sensato. Me percaté de que estaba bien, aunque no sé porqué sentí que faltaba algo. Jugueteé con el polvo del bordecito de la pared de mi habitación. Mi histeria se comportó y preferí voltear a mi cuarto para percibir los restos del aroma que usé anoche para recordarte.

Mis sábanas blancas estaban destendidas y regadas por la cama. Mis zapatos escondidos bajo ésta, y mis ropas aventadas en un rincón. Era un día gris, más sin embargo, era cálido. O será que me gusta el frío. Recorrí la habitación en busca de algo con que entretenerme. Nada. Encontré cartas en la mesita de noche. Ya las había releído hace unas horas, me hacían no olvidarte. Busqué de nuevo y me topé con una respisa llena de programas de conciertos a los que habíamos asistido. Recordé la música calmada y suave de antaño pese al sonar españolete del otro lado de la calle.

Ahora estaba yo lejos de ti. En otro lugar. Encontrándome con la nostalgia de la lluvia que se acerca, con un día gris encima y viendo tu rostro en todos lados. Era justo y necesario. ¿Qué hacer?

Mucho tiempo no ha pasado, pero sé que eventualmente no podré detenerlo y tendré que resignarme a la distancia que nos separa.

Tú una vida, yo la mía. Cómo deseaba verte entonces. Cómo deseaba volver a vivir lo que una vez fue, y a lo que yo tonta, pero necesariamente renuncié.


Y no sé cómo fue que pareciera que estabas leyéndome el pensamiento en esos momentos, que me asusté y di un saltito al escuchar golpes sordos tocar la puerta. Tuve que buscar un vestido feo y viejo porque no tenía ropa limpia, de todos modos, imaginé que sería un vendedor ofertándome nueces de temporada o esos abrelatas que tanto odio.

Y eras tú.
Tú y tu sonrisa retorcida.
Tú y una maleta.

¿Venías a visitarme? ¿Venías a quedarte?

Eso no importaba. Eras tú.


El resto es historia. Hoy te escribo esta carta sólo porque quise hacerlo. Redactándote de una manera insípida y tediosa, la manera en que viví aquel día, en el que me reencontré contigo, en el que me di cuenta que eventualmente te dejaré ir, pero no hoy, no nunca.


Ya no es un día gris.

Azul se convirtió.




"Lo que hace que los amantes no se aburran nunca de estar juntos es que se pasan el tiempo hablando siempre de sí mismos" - Francois de la Rochefoucauld

1 comentario:

Anónimo dijo...

sophie escribe chido...


me gusta leerle señorita.

le quiero mucho!