
Me gustan los días templados, con el vaho cubriendo las copas de los árboles, amenzando la lluvia pero sin presentarse, el viento helado golpeando mi rostro, ondeando mis cabellos, la suave brisa lavando mis pesares. Los días templados son como un cielo azucarado, con nubes algodonosas y un aliento cálido y enfermo atravesando los huesos.
Estos días me son útiles. Además de consolarme de la ausencia de la luz solar y vespertina, me recuerdan a la noche abrigante que uso cuando realmente voy a descansar. Es como si estos días tomaran a las ráfagas de viento como si fuesen sus propias manos y abrazaran mi gélido cuerpo, dibujándome sonrisas con una mínima levantada de falda, jugueteando con mis pálidos dedos, casi verdes a causa del frío.
Los árboles se bañan de rocío inusualmente por la tarde, se mueven despacito para cerciorarse de crear el frío perfecto y necesario para un abrazo sincero. El sol está escondido, tomándose sus merecidas vacaciones de verano. Las nubes corren huyendo del soplo del viento, quien se dedica a espantarlas tan sólo para cambiar de fuente a las aguas. Y yo, que me hinco sentada ante la presencia de un día así, abrazando una masa de carne que me proporciona calor, congelando sus penas en fresa, haciendo una fiesta con sus hilos de cabello, uniendo anhelos con palabras dulces y cálidas, contrastantes con el clima anexo.
Me gustan los días templados y nublados, me recuerdan a mí cuando estoy anormalmente feliz. Se transforman en una sensación extraña a veces mortalmente incomprensible, tanto que antes incluso me daban náuseas.
De hecho, los días nublados siempre me han revuelto el estómago: todos los veranos es lo mismo.
Hasta ti.
"La prueba más clara de sabiduría es una alegría continua" - Montaigne

