
25 de octubre del 2008.
Volteo a todos lados y lo único que veo son motas azuladas por doquier.
El mar viene y va, al compás del viento que lo toma de la mano y le invita a pasear.
Las olas chocan contra las piedras aterciopeladas de lama, producto del exceso de su vanidad. Les encanta verse superficialmente bonitas, les encanta ser halagadas, pero aborrecen que alguien ose siquiera tocarlas.
Sólo sucumben ante una cosa: el mar, el mar azul.
-Pobres- me dije. Ellas sufriendo y yo tan campantemente relajada, escribiendo estas líneas en la terraza de mi cuarto, observando el cielo azul, el mar azul, las albercas azules, mi tristeza azul...
Cualquiera diría que han sido días malgastados, pues debería estar pensando, malgastando precisamente mi mente, ubicándome en la realidad que esta fantasía temporal no me puede ofrecer.
Pero pensar es lo que menos he hecho, y si lo he hecho ha sido tal vez en sólo una cosa (favor de aplicarse como eufemismo).
Beneficio de la duda. Ignoren.
"Después de aquellos que ocupan los primeros puestos, no conozco a nadie tan desgraciado como quien los envidia" - Madame de Maintenon