7 de agosto de 2009

Bittersweet rain


Leía para olvidar, para recordar, para aprender, para mejorar. Simulaba leer, simulaba pensar, simulaba reír, simulaba vivir.

En mi pequeña ciudad, el verano se hizo para dos cosas: para vacacionar y para que la lluvia haga su entrada triunfal. Lo primero cada año se va reduciendo cada vez más, mientras que la lluvia no ha decidido presentarse como se merece -ni como suele hacerlo- esta vez. Llevaba tardes enteras esperando una apacible lluvia que reconfortara los sueños caídos, mis enfermedades que se presentan semana tras semana; que me empapara de vitalidad no rutinaria, que mojara mis objetos más íntimos para descomponerlos, demostrándome que la vida es mucho más que un par de llaves y un celular.

Pero esta vez no estaba preparada. Ni para recibirla a ella ni para soportarme a mí. Intenté olvidarte por un medio y por el otro, jugaba con las letras que el corazón me redactaba, mostrándome el ramerío de arterias por el que se compone mi desgastado cuerpo. Portaba zapatillas inusuales en mí, sintiéndome más insegura conforme pasaba el tiempo, temerosa al vaivén del mundo, del andar de las personas, de los hombres que no simulaban el descaro de verme con lujuria. Me sentí pequeña, asustada, tímida, frágil.

Para animarme hojeé lo que había sido un pequeño y antiguo cuaderno de anotaciones . Me encontré con una especie de diario temporal de una navidad, escritos médicos, notas rutinarias, un glosario y una vida dibujada; así como un poema sumamente romántico de cómo se forma el ser humano. De eso hace 3 años. Hace 3 años en los que ni por la cabeza me pasabas.

Pero no podía olvidar, ni podía recordar. Nada sabía, todo temía. Entonces se presentó lo que tanto había esperado y que en ese momento era lo último que quería ver, sentir. La lluvia se decidía a mojar mi libro, mis poemas, mi ropa, las zapatillas que me hacían sentir insegura, mis ojos, a ti. Decidí cubrir lo más importante que cargaba -mi libro- con la chamarra también vieja (parecía que me había decidido a recobrar los años perdidos en un tarde). Mientras tanto yo me empapaba de las gotas lúgubres provenientes del cielo, las que confundían unas tímidas lagrimas que querían salir pero que yo detenía.

Esperar no fue lo difícil. Tu demora me bastó. Te odié profundamente, te gritaba internamente, te necesitaba, te amaba. Abalanzar nuestros cuerpos fue un calor instantáneo que deshizo el hielo que me cubría, el frío que la lluvia me había etiquetado, pero no podía corresponderte: te seguía detestando.

Después de un par de sonrisas, charlas ligeras, trocitos de felicidad empaquetada armonizaron nuestra estancia en los recuerdos. Nuevos y vivos llegaban en desfile, acomodados justo como debían estar: un beso tras un abrazo tras una mano enlazada tras una mirada tras un espacio. Jugábamos como hacía que nos conocimos, rezábamos porque ese momento no terminara jamás. Mi humor intermitente a veces te miraba ascendentemente, a veces gemía internamente. Todo lo que podías provocar en mí, tú, un desconocido y curioso ser que generaba secuelas de odio y amor unidos por un agujero de gusano.

Volver a casa, despedirnos era el destino. Nuestras miradas se confesaron: deseaban estar juntas, unidas y observándose por más tiempo después de tantos días de ausencia.

Tu beso fue suave y tímido, apasionado pero sin pasión alguna. Estaba triste, herida, dolida, ¿porqué? No me preguntes porqué, que ni yo misma lo sé. Sólo sé que no deseaba verte, ni saber más de ti, ni sentir tus caricias en mis manos, ni tu apoyo en mi espalda. Pero al instante sabría que te hubiese mentido, que hubiese jugado con tus y mis sentimientos. Deseaba estar a tu lado más que nunca, con tu aliento en mi oído, con tus ánimos en mis costados.

No lo soporté más, me derrumbé en tu pecho y poco a poco me derretí. Gemí, derramé, exhalé, morí.

Y después, sin haberme percatado antes, sentí unas gotas en mi mano que no eran las mías. Morías conmigo también.

-¿Porqué?- te pregunté.

-Lo haces tú, lo hago yo. Lo sientes tú, lo siento yo.

Volviste a derrumbarme. Me sentí miserable. No había sufrido sólo yo, sino tu alma también, conmigo. Ahora me había convertido en tu verdugo, malgasté mi tiempo tratando de buscar la felicidad sin darme cuenta de que la tenía justo frente a mí.


Y ahora, ¿me perdonarás por tal atrocidad?




"El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad" - Víctor Hugo

1 comentario:

Anónimo dijo...

mira, un alterego convirtiendose sutilmente en su dueña...