22 de noviembre de 2009

¡Mmm, avena!


Ya me siento vieja.

Ya no aguanto esas sesiones de besos en las que parece que el otro te va a succionar el alma por la boca. Ya me duermo a las 9-10 de la noche sin importarme si tengo tareas o examen (bueno, para lo último hago un esfuerzo sobrenatural). Ya mis amigos se están casando, teniendo hijos, o en su defecto, teniendo sus primeros pininos íntimos. Ya me gradúo este año y me falta poco para largarme a buscar chamba fuera de la ciudad. Ya tengo más ojeritas que las usuales y no me hacen ver nada bien.

Y es que es contradictorio, porque por un lado tengo el síndrome de Peter Pan ligeramente desarrollado, y por el otro, siento encima la presión y la premura por crecer e independizarme cuanto antes.

Un punto importante es que siempre he estado rodeada de gente mayor que yo, adelantada en la escuela y con demasiadas cosas en qué pensar. Es como que si me hubiesen moldeado para desarrollarme y vivir acorde a las edades del resto.

Hoy digo basta. Ya no quiero estar en el limbo, ese en el que parezco encontrarme. Apenas tengo 20 y estoy comenzando a vivir, déjenme hacerlo sin prisas, saboreando cada paso, sobándome cada caída y sonríendo por cada victoria.


Aunque yo opino que la razón de eso de los besos, es que me falta práctica.


Chachachachaaaán.



"Todo está en ti, tan cerca de ti que no lo ves" - Anónimo

1 comentario:

Roberto Aztlán dijo...

La influencia de una persona más joven, floja y buenmozo.