Los días espontáneos han dejado de ser parte de mi vida desde hace mucho tiempo. Desde hace algunos años, aún sin quererlo ni planearlo, y todo a causa de mis ocupaciones y necesidades ambientales, mis días siempre se han encontrado agendizados en contra de mi voluntad en algún lugar de mi memoria.
Confieso que es un poco cansado saber qué es lo que harás a la mañana siguiente, dentro de un par de horas o al próximo minuto. Pero también es menester confesar que me gusta, que estoy conciente de que es lo que escogí y tengo que disfrutarlo para poder sobrevivir. Y más que una obligación, lo tomo como una parte más de mi ajetreada vida.
Gozo de pocos momentos que salen a flote sin previo aviso, cuando mi agenda encuentra un espacio para descansar. Pero mis días, pese a ser agendizados, no son monótonos. Si hay algo que me encanta de lo que hago, son las experiencias que tengo a diario, la emoción y la adrenalina de encontrarte con una nueva vivencia diferente cada día.
Pero resulta que este último año, especialmente estos últimos meses han estado plagados de pequeñas vivencias que me han hecho recordar que vivir es más que seguir un trayecto estipulado por el destino.
A veces uno puede darse el lujo de construirlo con sus propias manos.
"Si seguimos haciendo lo que estamos haciendo, seguiremos consiguiendo lo que estamos consiguiendo" - Stephen Covey
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