Acto I
Tiin, tin, titin, titin, titin, titin. Tin. Titin. Tin. Titin. Titin, Tin. La música golpetea suavemente mis oídos. Los perfora con delicadeza para que las ondas lleguen sin perderse hacia mi cerebro. Durante el recorrido danzan con mis neuronas, abrazándolas para enseñarlas a bailar. Hacen el amor mediante la sinapsis rutinaria pero sorpresiva. Se alimentan del azúcar de mi energía, haciendo monitorear mis sentimientos internos, que se desvalagan hacia mi corazón, el cual termina apretujándose cada vez más en el interior de su casita, la caja torácica. Niega que se encuentre triste y herido, pero esa música le genera una nostalgia infantilmente acumulada. Cierra sus pequeños ojitos para dejarse llevar; siente, literalmente, la sangre recorrer todo su pequeño cuerpecito. No puede creer que unas simples notas musicales lo hagan sufrir tanto como un infarto agudo al miocardio. Aunque desconociera tal experiencia.
Eso sólo pasa en mi cuerpo físico. Mi mente simplemente se pierde. Mi alma simplemente se ablanda. Hay muchas tristezas, pero todas me hacen más feliz que nada en el mundo. Mis melancolías ajenas se encuentran para saludarse y recordarse a sí mismas que existen. Las lágrimas danzan por dentro, porque afuera el viento las volatizaría.
Así me pone, Mr. Tiersen.
Acto II
Fui a su concierto con la espera interminable de exactamente 60 días. 2 meses. 8 semanas. Bastante. Ya venía con la idea de que tocaría sus piezas más movidas, más eclécticas, para eso de no encasillarse en el "Pussy Blues". No importaba, yo quería verle, quería escuchar su música como se escucha al agua que cae de la regadera, como si usted fuese mi amigo. Porque lo es.
La espera terminó al fin. Me senté en la segunda fila, encontrándome a sólo unos cuantos metros de usted. Con una simple playera, unos jeans y un par de tenis gastados se paró frente a nosotros, frente a mí y empezó a enloquecer como si un ente interno le estuviese gritando que se encontraba poseído por el mismísimo demonio. Las cuerdas del arco del violín se rasgaron, se hicieron trizas. La guitarra fue imprescindible para cada pieza musical. El teclado que sustituía a mi adorado piano fue utilizado salvaje y peligrosamente. Nos entregó un mundo musical completamente extraño para muchos, completamente ajeno para todos, completamente diferente a su suave simpatía.
Sentí ondas recorrer mi interior. No dejaba de sonreír. A veces atónita, a veces apesumbrada. No había nostalgia, no había tristeza, había algo más. Me hizo sentir rara. Sí, usted que siempre me ha acompañado en los peores/mejores momentos de mi corta juventud, esta vez me dejó con un sabor extraño en la boca. No feo, no malo, pero extraño. Me parecía usted, un completo y total desconocido.
Pero para cuando ya había empezado a agarrarle ritmo a su giro musical, me cae de encima a la cabeza la noticia de que usted ya se había ido.
Acto III
Juntaste mi boca con tus labios, aprendiendo a amar. Me sonreías dudando, como que si con mi aprobación te relajarías un poco más. Tus dedos lentamente en mi espalda caminaban, asomándose por encima de mis escápulas, mientras mis ojos se cerraban al compás de tu camino. Mis dedos en cambio, rozaban el cilindro de tu cuello, para armonizar la textura con lo áspero de nuestros miedos.
Me arrojaste a la cama. Extendí mi planta en las sábanas y mis brazos quedaron en tu cruz. Nuestros ombligos se hablaban, para tranquilizarse y pensar que tal vez, todo en realidad era un juego, como siempre. Mi rodilla flexionada hacía cosquillas a tu ingle, para evitar que me besaras. Tus labios, mis labios, se enaltecían con la oscuridad de nuestros cuerpos. Existíamos, estábamos ahí, vivíamos. Pero todo juntos, siempre unidos, el uno para el otro.
Tus manos se abrireron para tener mi posteridad. Las mías para obtener la curva de tu cuerpo. Me bañaste de algo así como amor, aunque la duda estuviera sembrada. Me hiciste callar de signos positivos, sin duda alguna y sin signos de interrogación.
Me arrojaste a la cama. Extendí mi planta en las sábanas y mis brazos quedaron en tu cruz. Nuestros ombligos se hablaban, para tranquilizarse y pensar que tal vez, todo en realidad era un juego, como siempre. Mi rodilla flexionada hacía cosquillas a tu ingle, para evitar que me besaras. Tus labios, mis labios, se enaltecían con la oscuridad de nuestros cuerpos. Existíamos, estábamos ahí, vivíamos. Pero todo juntos, siempre unidos, el uno para el otro.
Tus manos se abrireron para tener mi posteridad. Las mías para obtener la curva de tu cuerpo. Me bañaste de algo así como amor, aunque la duda estuviera sembrada. Me hiciste callar de signos positivos, sin duda alguna y sin signos de interrogación.
Y al final, resultó que sí era un juego.
Como siempre.
"De cada diez cabezas, nueve embisten y una piensa" - Antonio Machado

No hay comentarios.:
Publicar un comentario