9 de enero de 2011

La confianza se deslava de nuestros sentidos. Nadie quiere sufrir, nadie quiere morir, vivir es lo que importa. Al final todo termina, todo se acaba, y uno se pregunta si renacerá algo nuevo, algo más en los próximos tiempos. Estamos temerosos del futuro cuando no vislumbramos un horizonte más allá de nuestro desierto. La tristeza riega las dunas secas, ansiosos de descubrir un oasis de tranquilidad. Cuando todo se ha muerto, cuando has matado todo, te nace la culpa que más te carcome de todas: la tuya propia. Tu castigo es vivir con ella, sin aferrarte a esperanzas o alegrías venideras, sin pensar en que algún día todo terminará y descansarás en el edén de algún solitario lugar. Ya ni siquiera piensas en ser el pensamiento de otra persona, pues no vale la pena. No vales la pena.

1 comentario:

Anónimo dijo...

ay